viernes, 29 de diciembre de 2017

¿¿Qué por qué?? ¡y yo que sé!

Pues resulta que echando un vistazo por ahí,  al mundo blogger, he descubierto que no soy la única que ha vivido la absurda experiencia del señor  Guadina  por un lado y la del señor   Houdini, por otro.







Bien, parece que lo de aparecer, mandando mensajes con una intensidad solamente comparable a tu estupor,  y desaparecer con las mismas ganas, para volver a reaparecer, no es algo que me pase sólo a mí, lo cual me deja mucho más tranquila.



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Por lo que leo,  esta aptitud guionizada forma parte de las innumerables virtudes de los pobres señores confusos de esta década. Me serena saber que no huyen de mí en particular, que no soy yo, que es una mierda de huida general, que no saben qué hacer que ni las apariciones ni las desapariciones tienen nada que ver con servidora, que en su mayoría están para terapia y que por mucho que una intente comprender, sólo se va a llevar un dolor de cabeza.



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Así pues, ni medio minuto para preguntarse por qué, porque,  seguramente ni ellos mismos en su falta de integridad, lo sabrán.
Punto.



jueves, 28 de diciembre de 2017

Sacadme de aquí (y devolvedme a mi tiempo real)


Cada vez tengo más claro que vivo en la época actual porque alguien cometió un error, me mandaron a este mundo de perreas y reguetones, cuando lo mío era más el Hollywood de los años dorados, o la Inglaterra victoriana.






No es lo mismo salir a bailar con un señor peinado y perfumado  mientras una Big Band toca “La Vie en Rose”, y flotar en la pista con un vestido de gasa azul:


 


que salir con un tío que lleva medio calzoncillo fuera,  a bailar “Despacito”, pegando codazos para que nadie invada  tu espacio vital,  o te tiren encima un gin tonic con bayas y frutos del bosque (os voy a ahorrar el video del Fonsi, que estamos todos hasta el pelo ya, ¿no?)

No es lo mismo una carta como las que escribía el Señor Darcy:

"No se alarme, señorita, al recibir esta carta, ni crea que voy a repetir en ella mis sentimientos o a renovar las proposiciones que tanto le molestaron anoche. Escribo sin ninguna intención de afligirla ni de humillarme yo insistiendo en unos deseos que, para la felicidad de ambos, no pueden olvidarse tan fácilmente; el esfuerzo de redactar y de leer esta carta podía haber sido evitado si mi modo de ser no me obligase a escribirla y a que usted la lea. Por lo tanto, perdóneme que tome la libertad de solicitar su atención; aunque ya sé que habrá de concedérmela de mala gana, se lo pido en justicia”





Que una mierda de “Ola ke ase”, a cualquier hora de la madrugada porque el escribiente en cuestión está aburrido.


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¿Me apeo de la vida, no puedo con tanta vulgaridad!.



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miércoles, 27 de diciembre de 2017

Los tíos hoy

Hoy he ido a tomar café con un compañero y después de pedir en la barra, ha cogido mi taza y me la ha llevado a la mesa.
Normal, ¿no?, pues me he descubierto a mí misma   (al borde de la lágrima) , echando la vista atrás en el tiempo, a ver si conseguía recordar la última vez que un señor se tomó una molestia remotamente parecida por mí.
Me gusta que un hombre me sujete la puerta, mientras me cede el paso, no veo atisbo de machismo en un gesto de caballerosidad, llamadme anticuada. Me gusta que me ayuden a ponerme el abrigo, que me ofrezcan el brazo para subir o bajar una escalera, si llevo taconazo, vamos,  lo normal,  y no me siento ni ofendida, ni atacada. Me siento ofendida si me dicen "no puedes hacer esto, porque eres una tía", pero no si tienen un gesto bonito hacia mí.
Parece que esta moda de nosotras podemos, nosotras lo valemos, nos ha dejao en suerte una generación de tíos incapaces de decir: “tengo ganas de verte, te recojo para cenar”, ahora lo tienes que adivinar y decirlo tú, esto está muy bien si el señor en cuestión merece la pena, pero si resulta un zafio y encima no se entera de nada nunca sabrás si no quería cenar o es que no se he enterao de ná.

En este año de cutricitas  a través de las apps del mundo del ligoteo, he aprendido:

Que los tíos están como cansaos.
Que no hay ganas de currarse nada.
Que lo puedes poner fácil, como para que un niño de primaria lo pille,  y el anormal en cuestión no se entera
Que por más que dejes claro que no buscas ni un marido, ni un padre para tu hijo,  ni un futuro yerno para tu madre, los tíos están veníos pa´tras.
Que están acojonaos, se creen que los vas a enganchar de por vida
Que no hablan nada más que de tristezas
Que jamás hacen una referencia personal, no sea que te flipes y te quieras casar con ellos.
Que en su mayoría no saben escribir.
Que si les mandas un mensaje de más de tres líneas, se pierden y ya no lo entienden.
Que agotan hasta el último minuto para confirmarte una cita, por si les surge algo mejor.
Que creen que el hecho de estar divorciada (con una edad) y madre, te coloca en una posición de desventaja tal,  que se permiten aparecer y desaparecer sin previo aviso.
Que cuando descubren que eres más inteligente, más culta y tienes más mundo, desaparecen tras una cortina de humo.

Y yo, que no pertenezco a esa corriente del feminismo más radical, que me depilo la sobaquera porque es mía y me la gana, que me pongo mis cremitas, que me gusta subirme en unos tacones y verme mona, porque sí, porque nadie me obliga (no me siento, ni me he sentido sometida nunca), que de la misma manera que me gusta dar atenciones a la persona que tengo cerca, también me gusta recibirlas, me pregunto ¿qué cojones ha pasado con los señores que te prestaban su chaqueta si resfrescaba?, ¿dónde se metieron los que te retiraban la silla y te abrían la puerta del coche?, ¿qué pasó con esa generación de hombres que te recogían en casa?, (claro que ya me ofrecen recogerme en casa y digo que no, porque ya me parece hasta raro)
Creo que he recibido más atenciones masculinas en mi adolescencia que en mi vida adulta, pensándolo bien, en mi vida adulta pocas o ninguna, ahora que lo pienso, muy triste todo.
Pues en respuesta a esas absurdas estrategias tipo desaparezco un par de días para que no me enamore, no decir nunca, “vamos a vernos”, y no hacer referencias personales para conservar las distancias, manifiesto:

Que no busco, ni necesito un marido.
Que mi hijo tiene padre.
Que no me hace falta que nadie arregle nada en mi casa, si he desmontao el lavaplatos, ya puedo con todo.
Que no necesito que nadie resuelva mis problemas, son míos, me basto y me sobro.
Que no me voy a enamorar de un pringao.
Que estoy divorciada, sí, soy madre, y efectivamente, tengo una edad, pero, de momento, no he perdío la cabeza.
Que no está en mis planes cambiar absolutamente nada de mi vida por un señor.
Que si la estrategia es desaparecer para que no me flipe, no tengo por costumbre echar de menos a nadie.
Que una invitación a cenar,  no es un paso hacia el altar.
Que mi madre no quiere un yerno para nada.
Que a lo único a lo que aspiro es a reirme, tomar unas copas y pasarlo bien, nada más, juro y pongo a dios por testigo de que no me quiero casar.
Que no soy el hada madrina de la felicidad.
Que el hecho de que un señor me invite a salir, no me va  a dar pie para ir a comprarme un vestido de novia.
Que me he agotao intentando entender esta corriente de tíos atormentaos.
Que conocer la vida personal de alguien no me va a motivar para ir a  reservar un salón de celebraciones, ni encargar las invitaciones.

La consecuencia de mi periplo por el mundocitas es que he decidido sentarme en mi casa a esperar a  un tío que tenga las cosas claras,  y que venga con la tarea hecha (voy a ir buscando un gatito, porque fijo que va a ser los más cerca de recibir calorcito que voy a estar...).
 

jueves, 14 de diciembre de 2017

Soy rara, yes I am!

Hola, soy Alicia, y creo que soy antisocial.
Este es mi nuevo saludo. Me he dado cuenta de que huyo de las multitudes, de los sitios dónde está todo el mundo,  y de las fiestas y eventos que veneran los demás.
No voy a la feria, no salgo en semana santa, no me meto en un chiringuito petao ni de coña,  y cada año me empieza a molestar el mes de diciembre un poco antes. Por momentos creo que soy el grinch de la navidad, pero luego lo pienso bien y no es que no me gusten estas fechas, es que no me gusta el concepto bullangero y de felicidad como de plástico de estas fiestas.
No tengo problemas para relacionarme con la gente, no me cuesta socializar, pero estos momentos borreguiles de ver y dejarse ver en una fiesta, esta imposición social de tener que estar, me pone de muy mala baba. Y no tengo claro si me molestan las multitudes en general o los borregos en particular.

No sé si  soy un poquito distinta, una yomeopongo de manual o simplemente he decidido hacer lo que me apetece sin pensar en que me pierdo algo,  o en que el hecho de ir de electrón libre por la vida trae como consecuencia una suerte de ostracismo autoimpuesto, (si no estás en la fiesta, estás muerta).
Bien, he decidido, planeado y ejecutado mi propio suicidio social y asumo las consecuencias. 
Sólo pido que se respete mi decisión de alejarme de las masas, para cultivar mi propias tradiciones (la de alejarme de las masas, básicamente). 
Que no tenga ganas de ir a un local en el que no voy a conseguir llegar a la barra, no voy a poder hablar, ni levantar la mano por miedo a perder mi espacio vital,  y prácticamente tampoco voy a  respirar (mido metro y medio), no significa que esté depresiva ni nada por estilo, simplemente, he decidido nadar contracorriente.
Afortunadamente somos raras, le dije ayer a una amiga, (que también se define a sí misma como antisocial), ,  lo somos , ¿acaso hay algo mejor?.



lunes, 4 de diciembre de 2017

Aprendizajes y desaprendizajes.


 Pues he cumplido nada menos que 45 años, ¡sí señor!, ahí es nada, lo que me sitúa (siendo muy  muy optimista) en el Ecuador de mi vida.
He aprendido algunas cosillas, que antes no sabía (o no me hicieron falta nunca), no he conseguido aprender otras y he desaprendido muchas:
Tengo arrugas en la cara, y no hay crema (por carísisima que sea) que pueda solucionar eso, con lo cual, más vale que lo asuma, lección aprendida.
No me matan los apegos: si quieres estar, bien, mis puertas están abiertas, si decides marcharte, no voy a llorar la pérdida, (me lo apunto como aprendizaje de la persona sabia que soy).

Atraigo gente triste, y esto es algo que más vale que cambie, si no quiero terminar en la Lopez Ibor, no he conseguido aprender a repeler a los tristes.
Tampoco he aprendido a darles pasaporte a los atormentaos, sin  sentirme luego como si hubiera abandonao a un cachorrito en una gasolinera.
Entiendo que mis amis no son perfectos, pero  son, y eso me vale.
Se me olvidó llorar, tengo el lagrimal desajustao y dedico miles de lágrimas a cosas que no merecen ni un suspiro,  y las cosas importantes me vuelven dura como una roca.
He aprendido a reírme, como una loca de manual,  de mí misma.
No consigo comprender por qué tengo esa extraña tendencia a normalizar situaciones surrealistas y quedarme tan ancha.
Creo que, después de la última tropelía que me hice en el pelo, he aprendido que ni castaños oscuros, ni rojizos, mi color es rubio oscuro o caramelo (y punto).
La vida se puede acabar en un segundo, esto lo sabemos todos, pero pocos somos capaces de interiorizarlo y actuar en consecuencia, creo que lo tengo claro. He aprendido a no fingir que me interesa algo que me aburre, no,  me quita energías, me agota, y me pone de mal humor.
Ya creo que sé reconocer a un guadiana, a un anormal y a un discapacitao emocional.
A veces se me olvida que la gratitud es el pasaporte para la vida, pero luego  miro la honestidad, y la pureza de mi hijo y recuerdo que debo estar agradecida.
Necesito aprender a cambiar la frecuencia del tipo de vibración que emito, no quiero más vampiros emocionales, por favor, no.
He aprendido a desmontar el motor de un lavavajillas, arreglar una cerradura, a usar el taladro, a arreglar una cisterna y a desmontar una persiana para limpiarla.

No he aprendido, ni creo que lo haga , a cambiar una rueda, ni a planchar cualquier prenda que no sea algodón si quemarla, ni a mantener el mármol brillante.
He desaprendido a cocinar, a tener los espejos sin rastro y a descansar sin remordimeintos.
He reaprendido, las capitales de Europa, las ecuaciones, la organización medieval y la tabla de elementos.
Me quedo con la gente bonita, me deshago (sin grandes tragedias) de los que me dañaron, aunque fuera sólo por lo que no hicieron, dejo detrás a quien no me quiso y miro hacia adelante con una copa en la mano y rodeada de quienes hacen mi mundo un lugar mejor.