miércoles, 7 de septiembre de 2011

Lola.



Mª Dolores de Todos los Santos, era una mujer triste y gris, su vida era una vida triste y gris

Hija de Don Leandro Hernández, militar de profesión y militar en la vida doméstica, y de Doña Agustina de la Fuente, noble arruinada, santa, beata, apostólica y de profesión sus labores y oraciones, Mª Dolores, vivió su infancia y juventud entre miles de rosarios, estampitas, reliquias de todos los santos y sufriendo el régimen marcial, que su padre, el coronel, había impuesto para su educación.

Mujer decente y silenciosa, Mª Dolores, vivía en sueños una vida paralela. En ellos, era una gran vedette, que aparecía en escena con hombres fuertes que la rodeaban con sus brazos, cubierta de plumas y purpurina, cantando, bailando y seduciendo a los hombres desde un escenario, su escenario. En sus sueños, era Lola, una mujer sofisticada que fumaba largos cigarrillos y dejaba escapar el humo poco a poco, que tomaba cócteles y pasaba los veranos viajando por el mundo.

Pasaba la vida soñando , mientras sus padres, en la vida real, buscaban un buen marido para su única hija, heredera del Ducado de su madre y de la fortuna que su padre, el militar, había amasado a lo largo de una vida de penurias y miserias. El marido ideal no llegaba y Don Leandro sin consultar ni a su hija ni a su mujer, abrió una mercería que Mª Dolores aceptó con la abnegación de la hija modelo que era, para asegurarle un futuro, ya que no parecía muy dispuesta a tomar los votos, como hubiera querido su madre.

Doña Agustina, que siempre tenía algún achaque y cada vez era más insufrible, llevaba a la casa familiar una vez al mes, una imagen, muy milagrosa según sus amigas las beatas, de una Inmaculada, en una caja de madera con una ranura para introducir monedas, porque los milagros también tienen un precio. Mª Dolores siempre que echaba una moneda, pedía en un respetuoso silencio, que pasara algo que la liberara por fin de su cárcel de oraciones y estampitas. Ella sabía y la imagen también que la Inmaculada le había guiñado un ojo, ella lo vió con total nitidez: la Virgen que obraba milagros, la había entendido.

El destino, la suerte o una mano cansada de la esclavitud quisieron que los deseos de la buena de Mª Dolores se cumplieran. Doña Agustina murió, decían los médicos que de muerte natural, un fallo multi orgánico, pero Mª Dolores sabía que se la habían llevado las pequeñas dosis de cianuro, que ponía pacientemente cada día en la comida que le servía en la cama. Don Leandro murió unos meses después, una distracción al volante,causada por la pena, un accidente fatal del que Mª Dolores salió ilesa, un volantazo, un perro que se le cruzó en la carretera, nadie (o casi nadie) supo nunca la verdad.

Mª Dolores guardó luto por guardar las apariencias, acudía a su trabajo en la mercería, seguía vistiendo la misma ropa anticuada y gris, y lloraba con pena la muerte de sus padres. Pero por las noches, se transformaba en Lola, una mujer glamurosa y liberal, que tomaba cava en los bares de los hoteles y que pasaba las noches con desconocidos. Lola unas veces era cantante, otras veces una exitosa mujer de negocios, otras veces era una joven y rica viuda, pero siempre era Lola, sofisticada y elegante.

Siguió viviendo en la casa familiar.Un día se fue a una tienda de muebles (el Ikea de la época), compró muebles nuevos y una noche cuando todos los vecinos estaban fuera, cambió el rancio mobiliario de su herencia, por un mundo más fresco , joven y dinámico que sólo ella conocía.

Todo el mundo pensaba que era una mujer triste y gris, que vivía sepultada entre recuerdos, incapaz de superar la pérdida de sus padres, pero sólo ella sabía que nunca más volvería a ser Mª Dolores, era Lola de noche cuando se vestía y perfumaba y Lola de día, cuando soñaba despierta, fingiendo rezar el rosario.

Ella ya era Lola, siempre Lola.