lunes, 29 de noviembre de 2010

La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia.

El presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, envía en 1854 una oferta al jefe Seattle, de la tribu Suwamish, para comprarle los territorios del noroeste de los Estados Unidos que hoy forman el Estado de Washington. A cambio, promete crear una "reserva" para el pueblo indígena. El jefe Seattle responde en 1855. Parece que, desde entonces, no hemos aprendido demasiado,¿no?.

El Gran Jefe Blanco de Washington ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las tierras. El Gran Jefe Blanco nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta gentileza, porque sabemos que poca falta le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego a tomar nuestras tierras. El Gran Jefe Blanco de Washington podrá confiar en la palabra del jefe Seattle con la misma certeza que espera el retorno de las estaciones. Como las estrellas inmutables son mis palabras.
¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extraña.
Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?
Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del piel roja.
Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra de origen cuando van a caminar entre las estrellas. Nuestros muertos jamás se olvidan de esta bella tierra, pues ella es la madre del hombre piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.
Por esto, cuando el Gran Jefe Blanco en Washington manda decir que desea comprar nuestra tierra, pide mucho de nosotros. El Gran Jefe Blanco dice que nos reservará un lugar donde podamos vivir satisfechos. Él será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por lo tanto, nosotros vamos a considerar su oferta de comprar nuestra tierra. Pero eso no será fácil. Esta tierra es sagrada para nosotros. Esta agua brillante que se escurre por los riachuelos y corre por los ríos no es apenas agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos la tierra, ustedes deberán recordar que ella es sagrada, y deberán enseñar a sus niños que ella es sagrada y que cada reflejo sobre las aguas limpias de los lagos hablan de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo de los ríos es la voz de mis antepasados.

Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros niños. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos, y los suyos también. Por lo tanto, ustedes deberán dar a los ríos la bondad que le dedicarían a cualquier hermano.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Para él una porción de tierra tiene el mismo significado que cualquier otra, pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino. Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se preocupa. Roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa.
La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto.
Yo no entiendo, nuestras costumbres son diferentes de las suyas. Tal vez sea porque soy un salvaje y no comprendo.
No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar donde se pueda oír el florecer de las hojas en la primavera o el batir las alas de un insecto. Más tal vez sea porque soy un hombre salvaje y no comprendo. El ruido parece solamente insultar los oídos.
¿Qué resta de la vida si un hombre no puede oír el llorar solitario de un ave o el croar nocturno de las ranas alrededor de un lago?. Yo soy un hombre piel roja y no comprendo. El indio prefiere el suave murmullo del viento encrespando la superficie del lago, y el propio viento, limpio por una lluvia diurna o perfumado por los pinos.
El aire es de mucho valor para el hombre piel roja, pues todas las cosas comparten el mismo aire -el animal, el árbol, el hombre- todos comparten el mismo soplo. Parece que el hombre blanco no siente el aire que respira. Como una persona agonizante, es insensible al mal olor. Pero si vendemos nuestra tierra al hombre blanco, él debe recordar que el aire es valioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con la vida que mantiene. El viento que dio a nuestros abuelos su primer respiro, también recibió su último suspiro. Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deben mantenerla intacta y sagrada, como un lugar donde hasta el mismo hombre blanco pueda saborear el viento azucarado por las flores de los prados.
Por lo tanto, vamos a meditar sobre la oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.
Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. Vi un millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar. Yo soy un hombre salvaje y no comprendo cómo es que el caballo humeante de hierro puede ser más importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir.
¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales en breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en todo.
Ustedes deben enseñar a sus niños que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, digan a sus hijos que ella fue enriquecida con las vidas de nuestro pueblo. Enseñen a sus niños lo que enseñamos a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos.
Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Esto es lo que sabemos: todas la cosas están relacionadas como la sangre que une una familia. Hay una unión en todo.
Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que hiciere al tejido, lo hará a sí mismo.
Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla como él, de amigo a amigo, no puede estar exento del destino común. Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo. Veremos. De una cosa estamos seguros que el hombre blanco llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo Dios.
Ustedes podrán pensar que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra; pero no es posible, Él es el Dios del hombre, y su compasión es igual para el hombre piel roja como para el hombre piel blanca.
La tierra es preciosa, y despreciarla es despreciar a su creador. Los blancos también pasarán; tal vez más rápido que todas las otras tribus. Contaminen sus camas y una noche serán sofocados por sus propios desechos.
Cuando nos despojen de esta tierra, ustedes brillarán intensamente iluminados por la fuerza del Dios que los trajo a estas tierras y por alguna razón especial les dio el dominio sobre la tierra y sobre el hombre piel roja.
Este destino es un misterio para nosotros, pues no comprendemos el que los búfalos sean exterminados, los caballos bravíos sean todos domados, los rincones secretos del bosque denso sean impregnados del olor de muchos hombres y la visión de las montañas obstruida por hilos de hablar.
¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció.
¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció.
La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Aprender a bailar bajo la lluvia.


Esta historia, me la mandaron por mail, hace algún tiempo, hoy la he rescatado para compartirla con vosotros:

Era una mañana agitada, eran las 8:30, cuando un señor mayor de unos 80 años, llegó al hospital para que le quitaran los puntos de su pulgar. El señor dijo que estaba apurado y que tenía una cita a las 9:00 de la mañana.
Comprobé sus señales vitales y le pedí que tomara asiento, sabiendo que quizás pasaría más de una hora antes de que alguien pudiera atenderlo. Lo ví mirando su reloj y decidí, que ya que no estaba ocupado con otro paciente, podría examinar su herida. Durante el examen, comprobé que estaba curado, entonces le pedí a uno de los doctores, el instrumental para quitarle las suturas y curar su herida.
Mientras le realizaba las curaciones, le pregunté si tenía una cita con otro médico esa mañana, ya que lo veía tan apurado. El señor me dijo que no, que necesitaba ir la residencia para desayunar con su esposa. Le pregunté sobre la salud de ella.
Él me respondió que ella hacía tiempo que estaba allí porque pacedía de Alzheimer. Le pregunté si ella se enfadaría si llegaba un poco tarde.
Me respondió que hacía tiempo que ella no sabía quien era él, que hacía cinco años que ella no podía ya reconocerlo. Me sorprendió, y entonces le pregunté:

-"Y usted sigue acudiendo cada mañana, aun cuando ella no sabe quien es usted?"
El sonrió y me acarició la mano:

-"Ella no sabe quien soy, pero yo aún se quien es ella".
Se me erizó la piel, y tuve que contener las lágrimas mientras él se iba, y pensé:
"Ese es el tipo de Amor que quiero en mi Vida"
El Amor Verdadero no es físico, ni romántico. El Amor Verdadero es la aceptación de todo lo que es, ha sido, será y no será
La gente más feliz no necesariamente tiene lo mejor de todo; ellos sólo hacen todo lo mejor que pueden.

"La vida no es esperar a que pase la tormenta, es aprender a bailar bajo la lluvia".

miércoles, 17 de noviembre de 2010

La lluvia.


Han llegado las primeras lluvias y con ellas, importantes pérdidas de glamour, tráfico infernal, aparcamientos imposibles, gente que corre, niños que saltan en los charcos, coches que salpican y todos los incovenientes que trae esta estación a los que no estamos acostumbrados a la lluvia.
Me encanta esta época del año, pero preferiría que lloviera de noche, o en días en los que no tengo que salir. Pero claro, siempre pasa lo mismo, hay dias en los que casi no tengo que hacer nada fuera y hay otros días en los que tengo que hacer de todo, y esos días, por regla general, llueve (siempre la lluvia).

Moverse en coche por Jerez en los días de lluvia es una prueba de fuego: si soportas una mañana de lluvia en los mil atascos que se forman en la puerta de todos los colegios, y en las mil rotondas, es que tienes un corazón a pruebas de bombas, y además no sufres de ansiedad.

Luego viene el tema del aparcamiento, vueltas y vueltas, y más vueltas, perdemos los nervios, decimos barbaridades y no conseguimos cambiar nada, porque sigue sin haber aparcamiento y sin parar de llover.

Por si fuera poco, cuando por fin aparcas , sacas el paraguas y vas caminando , te salpican los coches , viene una ráfaga de aire frío que hace que se te moje el pelo y se te ponga como a la Duquesa de Alba, va y te suena el móvil. Entonces, lo buscas en el bolso ( desesperá), se te caen los papeles, se te moja toda la ropa y te das cuenta de que llevas las botas con millones de salpicaduras de barro ( porque has aparcado como en un rally) que te arruinan el look para toda la mañana, te notas el pelo cada vez más encrespado y del maquillaje perfecto de las primeras horas de la mañana no queda ni rastro, bueno sí, queda algo en los cuellos de la impecable camisa blanca, y suplicas al cielo que pare de llover, sólo el tiempo justo para regresar a casa.

Después tienes que pasar por el cole y están todos los niños amontonados en el comedor, los que han terminado, incordiando a los que aún no la han hecho. Y vuelta a empezar: el paraguas del niño, la carpeta, la bolsa del desayuno, el niño que salta en los charcos y el coche que está aparcado dónde Cristo perdió el poncho.

Pero luego llegas a casa y te das una ducha calentita y se te olvida la pesadilla de todo el día hasta la próxima.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Las abuelas y yo.


A mí me enseñaron a respetar a las personas mayores, y eso hago. Lo que pasa, es que hay algunas abuelas que serán muy tiernas con sus nietos y seguramente prepararan los mejores pucheros del mundo, pero cuando salen a la calle y están en la cola del Mercadona, parece que estuvieran entrenadas por el mismísimo Rambo.
Me ha pasado más de una vez: una adorable anciana está cerca de la línea de cajas, cuando me ve aproximarme, se olvida la cadera de plástico y sale, literalmente, corriendo (derrapando en las curvas) para llegar antes.O bien, estoy ya en la cola y empieza poco a poco a intentar pasar antes, si no lo logra, empieza a despotricar como una loca de la juventud ( les agradezco que me consideran parte de "la juventud", pero todo tiene un límite).
Se deben pensar que sólo ellas tienen que poner lavadoras y hacer comidas y esas cosas, una de las miles de veces que se me han colado (porque el marido la estaba esperando para que le pusiera la comida) en el súper, ví a la abuelita en cuestión charlando animadamente con una vecina a la salida (¡¡¡ y el marido esperando para comer!!!).
Llevo varios días haciendo rehabilitación (no, no estoy en alcohólicos anónimos, es por problemas cervicales). Hay una señora que cuenta todas las mañanas que tiene muchísima prisa, porque su marido tiene un derrame cerebral y está sólo en casa y el médico le ha dicho que se puede morir en cualquier momento. Naturalmente ante semejante historia, todo el mundo está de acuerdo en que pase la primera, y cuál es mi sopresa esta mañana, cuando entro en la cafetería a tomar un café y me encuentro a la "futura viuda" tomándose un anís y no precisamente de duelo.
Yo, que soy muy prudente,no digo nada, pero me pregunto, cómo es posible que las abuelas adorables, que hacen bizcochos, pestiños y guisos de cuchara, se conviertan en esa especie de bichos retorcidos y mentirosos que me persiguen por todas partes y que me cuentan que sus hijas están casadas "cómo Dios manda", que digo yo, que ¿en que parte de la Biblia explica Dios cómo y con quién hay que casarse?.
Ya ha quedado claro , que tengo un problemilla de nada con las abuelas (con las que están entrenadas para matar), admito consejos, para que no me quede trauma con este pequeño detallito sin importancia.