viernes, 28 de septiembre de 2018

La limpieza de primavera en otoño

Como la perfecta persona  un poquito obsesionada con la limpieza que soy, cada vez que tengo un rato libre, desmonto algo para limpiarlo,  y como he tenido unos días, por desmantelar  he desmantelao la casa entera (porque sí, porque una es un poco friki, porque  soy una pirada y porque todos tenemos una tarita de algo, ¿no?)














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Vaya por delante,  que ya no mezclo en el mismo cubo lejía y amoniaco, (nunca más I promise), pero aunque estén en  recipientes distintos, los vapores se mezclan en algún punto intermedio entre los cubos y mi persona, (esto lo he descubierto tarde, cuando ya se me caía el moco, tenía ojos de besugo resfriao, me faltaba el aire y tenía congestión a niveles estratosféricos).



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Así que, he estado a punto (por enésima vez), de morir intoxicada,  porque soy tonta o estoy loca o simplemente porque es mi destino: morir experimentado mezclas imposibles que me dejan con una única capa de piel, respirando a medio gas y goteando una cantidad de mocos que no es ni normal.




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Como resultado de mi último ataque de limpieza a muerte, he desarrollado una alergia nueva: la lejía, me he quemado intentando diluir en agua muy, muy caliente el jabón Beltrán y me duelen zonas del cuerpo que desconocía, porque tanto subir y bajar al borde del desparramiento corporal,  y posterior traumatismo craneoencefálico, me ha dejado una suerte de dolores varios, que me río yo de las consultas médicas de la Residencia para la tercera edad,  Nuevo amanecer.

A cambio de estornudar cada vez que entro en casa,  por las cantidades industriales de lejía que he usado, se puede hacer una operación a corazón abierto en cualquier rincón (de momento y mientras que mantenga a raya a los ácaros, bacterias y demás fauna microscópica que no resiste al flis-flis desinfectante).




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-¿Y a ti que te obsesiona?, me ha preguntado un compañero en el desayuno (son raros, preguntas cosas raras).
-      -    A mí, el polvo y la desinfección, he contestado,  y me he quedado tan ancha.

En mi defensa he de decir,  que no he llegado a los extremos de loca redomada que se ven por ahí, y que, de momento, mantengo el tipo de aquella manera (nivel agarrándome a la silla pa no coger una bayeta) en entornos ajenos.



jueves, 20 de septiembre de 2018

Las cookies

Aceptando cookies, estoy, seguramente,  donando  mi cuerpo a la ciencia, jurando amor eterno a un señor  que vive en una cabaña perdida en la estepa siberiana, aceptando ser la presidenta del club de fans de Carmen de Mairena, puede que, comprando una multipropiedad en Las Seychelles  y permitiendo a un universo de bits ,desconocido para mí,  poseer y traficar con información de mi persona.






Hay un sitio web que manda cupones de descuento todos los días (varias veces al día, de hecho), esto es lo que me ofrecen hoy:


Parrillada en un restaurante, que no sé ni dónde está

Lifting  facial, esto ya más que ofensa, es insulto, me hostilizo con el  mundo.


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Un empaste, bueno nunca se sabe cuándo se te va a caer el que llevas.

Visitas varias a spas varios, las cookies estas piensan que estoy estresá o algo, porque este se repite mucho.


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Pastillas para el lavaplatos, no sé, no entiendo esto.


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Aspirador de impurezas, ¿perdona? mi cutis está perfecto.



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Pack de 10 boxer, ¿qué hago con ellos?.




Unos calcetines con los dedos fuera.


















Divorcio de mutuo acuerdo, aquí ya casi me caigo de la silla, a ver la cosa es algo así como:
si has descubierto en vacaciones que no aguantas a tu marido, divórciate ahora que está más barato”, ¿en serio?


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¿Cómo me pueden ofertar en el mismo día un empaste y un divorcio?, ¿qué clase de información manejan?, ¿qué c** he consultao yo para que me ofrezcan indiscriminadamente un divorcio de mutuo acuerdo, un spa y un lifting?.



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 No sé si ofenderme o reírme.


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martes, 11 de septiembre de 2018

Aquellos maravillosos años

La felicidad en 20 pasos

Merendar  un bocadillo de chocolate, mientras te reías con tus hermanos,  porque si no lo sujetabas bien, las onzas terminaban en el suelo.


Volver de la  librería con los nuevos libros de texto y el material escolar.









Tener  un estuche con dos pisos de lápices y rotuladores de colores, sobre todo si incluía el color carne.













Meter la nariz entre las páginas de mis libros sin estrenar, mientas mi madre los forraba.

Revisarlos todos,  para saber lo que iba a aprender en clase ese curso.

El recreo el primer día de cole, todo por contar.



Las notitas por debajo de la mesa.

Lanzarme a la calle después de la tarea.

Estrenar mochila.

Bailar viendo Fama.


Un cola cao inmenso las tardes de lluvia.

Mi madre cosiendo mientras mi hermana y yo hacíamos la tarea.

Las botas de agua, saltar en los charcos.






Que me dejaran ver El hombre y la tierra.

Las tormentas de verano, se acercaba el comienzo de curso.








Ver por primera vez Verano azul. 

Ayudar a regar las plantas y ponerlo todo perdido (hermana mayor incluida).

Libros esperando en mi mesita de noche.

Revolcarme por la arena.

Saltar olas.








martes, 4 de septiembre de 2018

Situaciones absurdas (que sólo me pasan a mi)


Crónica de una caída

Estoy en la oficina.
Me acerco a mi sitio.
En algún momento, me agarro a la mesa (y no sé por qué).
Visualizo, como a cámara lenta,  que me caigo, y efectivamente me caigo.
De repente, la mesa y todo lo que hay en ella,  está por encima de mi cabeza y yo estoy debajo.



He oído un estruendo, y aunque no sé muy bien de dónde viene, imagino que es el impacto de mis posaderas en el suelo.
Aquí me debato entre:
Echarme a reír.
Echarme a llorar.
Fingir mi propia muerte.
Reptar por el suelo hasta alcanzar la puerta del patio, y no volver nunca más.
Levantarme y afrontar, como la persona madura que se supone que soy, la situación y el bochorno.
Opto por la madurez (una que es mu pro).

Tardo un nanosegundo en incorporarme con los brazos en alto y la mirada perdida diciendo: “no me he matado”, “estoy bien, que no me he matao, eh?”
El mismo nanosegundo, que tardan cinco tíos, en venirse pa mi corriendo con los brazos abiertos, pensando si partirse de  risa está aceptado por las normas básicas del civismo laboral, o deberían preocupase porque a la yaya le ha dao un vahído.
Cuando consigo sentarme, decido no levantarme más hasta la hora de irme a casa, aún a riesgo de mearme encima.
Resuelvo no volver a levantar la vista del  teclado en la vida, (bueno al menos en lo que queda de jornada),  mientras me aguanto la carcajada, porque no se puede ser más torpe.
Lo cuento en el grupo de la familia (a veces parezco tonta):
Familia ¿Pero cómo ha sido?
Resto de familia: ¿estás bien?
Ali (mareada): No, si yo estoy bien, muerta de vergüenza, pero vamos…
Familia: ¿Pero cómo te has podido caer en una oficina? 
Emoticono
emoticono
emoticono.
Ali (muy mareada): Ains, po no sé
La última parte de la familia: Hija, eres tonta
Llego a casa y el recibimiento de mi único vástago es: “Alicia, en serio te has caído en la oficina?”
Paso todo el día, como inestable,  no sé si mareada, acojonada, o muerta de vergüenza, decido pasar a andar al modo abuela: agarrándome a las paredes, por si acaso.

El aceite de coco


Mi era como follower de instagramers que se peinan y se maquillan, me ha llevado a  una continua  experimentación mediante métodos heurísticos (tipo ensayo- error, con más error que ensayo) con elementos  tan poco convencionales, como el aceite de coco para el pelo.

Primer  intento
Lo uso como mascarilla, la noche antes.
Resultado:
Pelo bien.
Funda de la almohada en remojo una mañana entera.
Segundo intento
Es muy temprano.
Estoy medio dormida.
Me enajeno mentalmente, y decido probarlo como acondicionador.
Resultado: (a media mañana)
Me noto el pelo húmedo.
Voy al baño y me veo el pelo pringoso, muy pringoso, (no os lo podéis imaginar)
Me lo intento recoger con una horquilla y una pinza, que es lo único que tengo, soy un cuadro, me quiero morir.
Conclusiones  finales del experimento:

Usar sólo un rato y lavar muy bien el pelo.


La señora fans del anís

Me voy a una ruta de senderismo con una empresa de turismo rural.
Coincido por segunda vez con una señora majara.
Paramos en una cafetería a tomar agua o un  refresco antes de empezar.
Pido agua.
Ella pide un anís.
Ali (flipando): ¿Anís?
Señora majara: Pa abrir los bronquios, que estoy resfriá
Senderista anónima: ¿Y no es mejor Vips Vaporub?
Señora majara: ¡Que va!
Ali (flipando aún más): ¡mae mía!
La señora majara se pasa la toda la primera parte de la ruta expulsando bocanadas de aliento calentorro y dulzón y caminando apoyada en los bastones con un andar errático y confuso, mientras que senderista anónima y yo nos tiramos por los suelos de la risa.
En la segunda parte la señora majara baja de la montaña como una rosa, senderista anónima se lamenta porque le duele todo,  y yo empiezo a bajar al modo lagartija (lo que viene siendo reptando).



La señora majara me dice (con sonrisita de cabrona redomada):
-         - Hija, estás oxidailla, ¿no?  o haces más deporte o no vas a durar mucho.
Al llegar a casa, me tomo un ibuproferno y acto seguido decido que ha llegado el momento de morime y me echo a morir.