Así más o menos

Nací un gélido día de diciembre en un pueblo de Sevilla, (sólo porque tocaba.)
Según mi padre, la tarde estaba tranquila hasta que mi madre sintió los primeros síntomas de un parto que se adelantaba un poco. Entonces, y como en las pelis malas de serie B,  se desencadenó una terrible tormenta, (siempre según la versión paterna, que tiene cierta tendencia a la exageración), y la llegada hasta el hospital fue pelín trágica y sobre todo muy loca.
Por aquellos años, España vivía el final del régimen del chiquitín. Cuando por fin descansó y dejó descansar (por la gracia de Dios), aún era pequeña,  pero curiosamente recuerdo  la ceremonia en la que el Borbón se proclamó Rey, seguramente por las miles de veces que la han repetido.
En aquellos años si te decían que te sentaras y te callaras, te sentabas y te callabas;  la autoridad paterna o materna eran incuestionables, nada que ver con el despotismo de nuestros hijos y mis recuerdos vuelan hasta Córdoba dónde dos hermanas muy formalitas veían una especie de ceremonia de iniciación de algo que no comprendían.
Así que, crecimos en una España cambiante, que avanzaba con el miedo de la incertidumbre hacia un modelo de país libre y sin complejos.
Mi infancia transcurrió feliz: jugaba en la calle, me tiraba desde las cuestas más empinadas del pueblo con la bici, en verano comía  albaricoques de la huerta de algún vecino, saltaba por los árboles, y nunca me pasó nada.
Una rodilla hinchada, un codo raspado, algún chichón en la frente y alguna magulladura en el amor propio, son las únicas heridas de guerra de aquellos felices días.
El patriarca trabajaba en un banco, éramos una especie de comando itinerante, y lo asumíamos sin grandes traumas , las mudanzas eran algo normal en mi familia.
Si me pongo a pensar, la mayoría de mis recuerdos están asociados a unas cuantas cajas de cartón, en las que habíamos metido todas nuestras posesiones materiales (esto nos obligaba a no acumular cosas innecesarias).
He vivido en muchas ciudades y de todas me llevé algo guardado en el alma, que es dónde se guardan las cosas importantes.
Los grandes acontecimientos de mi vida han venido acompañados de lluvia: unas veces era una lluvia débil, finita, como sin ganas de caer, otras veces llovía desaforadamente, como si el cielo hubiese querido advertirme de algo.
Un amigo dice que tengo el alma lluviosa, es posible que esté en lo cierto, pero siempre estoy dispuesta a ver salir el sol.
Tengo un hijo maravilloso, fruto de un intento fallido de matrimonio.
Tengo, de momento, un buen trabajo.
Tengo una familia,con cierta tendencia a inmiscuirse en  los asuntos de los demás, (son como las familias sicilianas).
Tengo unos pocos buenos amigos, a los que ni veo, ni llamo cuánto debiera, pero tenemos claro que nos queremos.
Tengo millones de buenos recuerdos y tengo un prometedor horizonte de días felices.
Me gusta el perfume de las noches de primavera en el sur, me gusta el olor a tierra mojada de las tormentas de verano, me encantan los colores de esta bendita tierra, me gustan las mañanas claras, las  apacibles noches estivales, las castañas asadas en otoño y la fruta fresca en verano.
Creo en la raza humana, en la amistad, en el amor  y también en los milagros.
Soy muy llorona y a la vez tengo arrugas de lo mucho que me rio todos los días.
A veces tengo miedo, y a veces soy muy valiente.
Soy compleja, estoy llena de contradicciones. Reconozco mis errores, mis carencias y mis mediocridades, pero también sé en lo que soy buena y procuro potenciarlo.
Mido  más o menos un metro y medio, peso unos 48 kgs y en este habitáculo chiquitito, convivimos plácidamente varias mujeres a la vez: la caótica, la que está obsesionada con el orden, la prudente, la atrevida, la pesimista, la absurdamente optimista, la madre, la amiga, la hermana, la llorona y la que no para de reír.
Nos entendemos estupendamente y una no puede existir sin las demás y todas juntas, a veces, sólo a veces, somos muy felices.