jueves, 20 de septiembre de 2018

Las cookies

Aceptando cookies, estoy, seguramente,  donando  mi cuerpo a la ciencia, jurando amor eterno a un señor  que vive en una cabaña perdida en la estepa siberiana, aceptando ser la presidenta del club de fans de Carmen de Mairena, puede que, comprando una multipropiedad en Las Seychelles  y permitiendo a un universo de bits ,desconocido para mí,  poseer y traficar con información de mi persona.






Hay un sitio web que manda cupones de descuento todos los días (varias veces al día, de hecho), esto es lo que me ofrecen hoy:


Parrillada en un restaurante, que no sé ni dónde está

Lifting  facial, esto ya más que ofensa, es insulto, me hostilizo con el  mundo.


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Un empaste, bueno nunca se sabe cuándo se te va a caer el que llevas.

Visitas varias a spas varios, las cookies estas piensan que estoy estresá o algo, porque este se repite mucho.


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Pastillas para el lavaplatos, no sé, no entiendo esto.


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Aspirador de impurezas, ¿perdona? mi cutis está perfecto.



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Pack de 10 boxer, ¿qué hago con ellos?.




Unos calcetines con los dedos fuera.


















Divorcio de mutuo acuerdo, aquí ya casi me caigo de la silla, a ver la cosa es algo así como:
si has descubierto en vacaciones que no aguantas a tu marido, divórciate ahora que está más barato”, ¿en serio?


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¿Cómo me pueden ofertar en el mismo día un empaste y un divorcio?, ¿qué clase de información manejan?, ¿qué c** he consultao yo para que me ofrezcan indiscriminadamente un divorcio de mutuo acuerdo, un spa y un lifting?.



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 No sé si ofenderme o reírme.


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martes, 11 de septiembre de 2018

Aquellos maravillosos años

La felicidad en 20 pasos

Merendar  un bocadillo de chocolate, mientras te reías con tus hermanos,  porque si no lo sujetabas bien, las onzas terminaban en el suelo.


Volver de la  librería con los nuevos libros de texto y el material escolar.









Tener  un estuche con dos pisos de lápices y rotuladores de colores, sobre todo si incluía el color carne.













Meter la nariz entre las páginas de mis libros sin estrenar, mientas mi madre los forraba.

Revisarlos todos,  para saber lo que iba a aprender en clase ese curso.

El recreo el primer día de cole, todo por contar.



Las notitas por debajo de la mesa.

Lanzarme a la calle después de la tarea.

Estrenar mochila.

Bailar viendo Fama.


Un cola cao inmenso las tardes de lluvia.

Mi madre cosiendo mientras mi hermana y yo hacíamos la tarea.

Las botas de agua, saltar en los charcos.






Que me dejaran ver El hombre y la tierra.

Las tormentas de verano, se acercaba el comienzo de curso.








Ver por primera vez Verano azul. 

Ayudar a regar las plantas y ponerlo todo perdido (hermana mayor incluida).

Libros esperando en mi mesita de noche.

Revolcarme por la arena.

Saltar olas.








martes, 4 de septiembre de 2018

Situaciones absurdas (que sólo me pasan a mi)


Crónica de una caída

Estoy en la oficina.
Me acerco a mi sitio.
En algún momento, me agarro a la mesa (y no sé por qué).
Visualizo, como a cámara lenta,  que me caigo, y efectivamente me caigo.
De repente, la mesa y todo lo que hay en ella,  está por encima de mi cabeza y yo estoy debajo.



He oído un estruendo, y aunque no sé muy bien de dónde viene, imagino que es el impacto de mis posaderas en el suelo.
Aquí me debato entre:
Echarme a reír.
Echarme a llorar.
Fingir mi propia muerte.
Reptar por el suelo hasta alcanzar la puerta del patio, y no volver nunca más.
Levantarme y afrontar, como la persona madura que se supone que soy, la situación y el bochorno.
Opto por la madurez (una que es mu pro).

Tardo un nanosegundo en incorporarme con los brazos en alto y la mirada perdida diciendo: “no me he matado”, “estoy bien, que no me he matao, eh?”
El mismo nanosegundo, que tardan cinco tíos, en venirse pa mi corriendo con los brazos abiertos, pensando si partirse de  risa está aceptado por las normas básicas del civismo laboral, o deberían preocupase porque a la yaya le ha dao un vahído.
Cuando consigo sentarme, decido no levantarme más hasta la hora de irme a casa, aún a riesgo de mearme encima.
Resuelvo no volver a levantar la vista del  teclado en la vida, (bueno al menos en lo que queda de jornada),  mientras me aguanto la carcajada, porque no se puede ser más torpe.
Lo cuento en el grupo de la familia (a veces parezco tonta):
Familia ¿Pero cómo ha sido?
Resto de familia: ¿estás bien?
Ali (mareada): No, si yo estoy bien, muerta de vergüenza, pero vamos…
Familia: ¿Pero cómo te has podido caer en una oficina? 
Emoticono
emoticono
emoticono.
Ali (muy mareada): Ains, po no sé
La última parte de la familia: Hija, eres tonta
Llego a casa y el recibimiento de mi único vástago es: “Alicia, en serio te has caído en la oficina?”
Paso todo el día, como inestable,  no sé si mareada, acojonada, o muerta de vergüenza, decido pasar a andar al modo abuela: agarrándome a las paredes, por si acaso.

El aceite de coco


Mi era como follower de instagramers que se peinan y se maquillan, me ha llevado a  una continua  experimentación mediante métodos heurísticos (tipo ensayo- error, con más error que ensayo) con elementos  tan poco convencionales, como el aceite de coco para el pelo.

Primer  intento
Lo uso como mascarilla, la noche antes.
Resultado:
Pelo bien.
Funda de la almohada en remojo una mañana entera.
Segundo intento
Es muy temprano.
Estoy medio dormida.
Me enajeno mentalmente, y decido probarlo como acondicionador.
Resultado: (a media mañana)
Me noto el pelo húmedo.
Voy al baño y me veo el pelo pringoso, muy pringoso, (no os lo podéis imaginar)
Me lo intento recoger con una horquilla y una pinza, que es lo único que tengo, soy un cuadro, me quiero morir.
Conclusiones  finales del experimento:

Usar sólo un rato y lavar muy bien el pelo.


La señora fans del anís

Me voy a una ruta de senderismo con una empresa de turismo rural.
Coincido por segunda vez con una señora majara.
Paramos en una cafetería a tomar agua o un  refresco antes de empezar.
Pido agua.
Ella pide un anís.
Ali (flipando): ¿Anís?
Señora majara: Pa abrir los bronquios, que estoy resfriá
Senderista anónima: ¿Y no es mejor Vips Vaporub?
Señora majara: ¡Que va!
Ali (flipando aún más): ¡mae mía!
La señora majara se pasa la toda la primera parte de la ruta expulsando bocanadas de aliento calentorro y dulzón y caminando apoyada en los bastones con un andar errático y confuso, mientras que senderista anónima y yo nos tiramos por los suelos de la risa.
En la segunda parte la señora majara baja de la montaña como una rosa, senderista anónima se lamenta porque le duele todo,  y yo empiezo a bajar al modo lagartija (lo que viene siendo reptando).



La señora majara me dice (con sonrisita de cabrona redomada):
-         - Hija, estás oxidailla, ¿no?  o haces más deporte o no vas a durar mucho.
Al llegar a casa, me tomo un ibuproferno y acto seguido decido que ha llegado el momento de morime y me echo a morir.


viernes, 24 de agosto de 2018

El adolescente, ese ser que vive cansao.

Un adolescente es un ser (humano), de momento no hay evidencias de que en el reino animal pasen por la edad de la tontería, que no es ni  un adulto, ni un tierno infante.
Anda ahí, a medio camino entre estar muy cansado para llevar un vaso a la cocina,  y pasar una tarde entera sin parar de tirarse desde el puñetero trampolín más alto, mientras tú, como madre del majara en cuestión, sufres varios micro infartos cada vez que lo ves lanzarse al vacío al grito de bomba.





No tiene claro lo que opina de su progenitora, unas veces eres guay y otras te espeta un: “no te flipes, tanto”. En este punto,  los amigos son fundamentales, si te haces la guay con los colegas, tienes medio camino hecho.






Está muy cansado, mucho, agotao, y se te pasa por la cabeza tirar de jalea real o de un chamán que le haga un conjuro o algo.
No se mueve del sofá nada más que para ir al baño y si acaso para comer,  y lo hace como si acabara de pasarse la mañana cargando sacos de arena o algo, prácticamente repta por el pasillo.





Lo de la comunicación con un púber, es un mito;  no emite más de tres palabras al día, amén de un par de sonidos guturales, que unas veces sirven como respuesta afirmativa,  y otras veces, según el día sea par o impar, o el viento sople de poniente o de levante, negativa.





Lo mismo arregla su habitación (un poco solo, sin estrés),  que te deja el salón que parece que se ha  celebrao  un festival de música indie o algo.
No hay una línea definida en su comportamiento, y una nunca sabes por dónde va a salir (en el caso de que hable, porque no suele hablar).






Tiene la desfachatez de, después de dos meses de vacaciones, decirte que le estresa ir a comprar y ver anunciada “La vuelta al cole”.









Si se digna a acompañarte a algún sitio, no esperes que sonría, no esperes que hable, no esperes nada, limítate a llevarlo al lao arrastrando los pies y su indignación, por haberlo hecho salir de su encierro tecnológico.




Tiene un hueco con su forma en  sofá, a veces vas a verlo,   temiendo que el sillón lo haya engullido (al niño) y aparezca (el niño) en otra dimensión, con los mandos de la tele, las llaves y todo lo que se ha tragado ya.
Si en un arrebato de pasión maternal, se te escapa un abrazo-achuchón, puede zafarse rapidito, o corresponderte con un beso que sabe gloria bendita, porque estás mu faltita de amorcito filial.




Por fin,  un día sale a cenar contigo voluntariamente, tú te preparas como si fueras a pasar un casting para  la Mercedes fashion week y el niño, tu hijo, ese ser que tardaste quince horas en traer al mundo, quiere ir a un fast food, y te entran ganas de morirte, pero vas, porque total, pa una vez que quiere salir, no te vas a poner exquisita. No te has comido ni una tercera parte del burrito, cuando el adolescente en cuestión, te está tirando de la bandeja, para que termines, ya lleva una hora y media en la calle, dejándose ver contigo, eso es mucho.Y terminas la cena y te vas llorando tu desconsuelo, porque tú, en tu supina ignorancia maternal,  habías imaginado una divertida velada con intercambio de opiniones del mundo en general, y del suyo en particular acompañada de  risas y momentos felices.




Se levanta cansao, todo el mundo te dice, (la peña entiende de todo lo más grande), que está así porque está creciendo,  y tú te lo repites a ti misma como un mantra de autocompasión. “el niño está creciendo, por eso está cansao”, pero luego piensas, “ya, él crece mientras yo hago, tooooodo lo demás y mi cuerpo no está precisamente recién estrenao”.






Lo peor, es que parece que la adolescencia , como  el cansancio,  no se acaban nunca.
¡Buen fin de semana!


miércoles, 22 de agosto de 2018

La playa: Alfredo Landa Vs Rafa Mora


El machomen de playa; ese semental ibérico de pelo en pecho y medalla de Camarón,  que se queda en el chiringuito, emitiendo gruñidos entre cerveza y cerveza, convenientemente acodado en la barra, mientras hace comentarios soeces sobre lo que le haría a la del biquini rojo, a aquella que está  en top less, o a la que se acaba de embardunar de aceite de brilli-brilli el pechamen y el culo, (no, no tiene intención  rezar el rosario, con ninguna de ellas),  ese macho,  último vestigio del landismo de la España del destape, ha muerto.



En su lugar nos deja al rasurao de playa;  un muchacho que lleva las piernas, las cejas y la línea del biquini mejor depiladas que tú, no se despeina,  se deja caer en la barra marcando musculitos y paquetorro y te mira poniéndote ojitos para que seas tú quien le entre a él. Es el  fan número uno de Rafa Mora,  y a juzgar  por su actitud de sobradito atiborrao de anabolizantes, anda bastante cerca, te perdona la vida cada vez que te mira mordiéndose un poco el labio inferior en una pose que pretende ser sexy, mientras tú te mueres de asco, preguntándote si le ha dao un algo al chaval  y se ha quedao así.


Porque claro,  el raro espécimen que va a la playa con su señora y los niños rubitos, que no levantan arena, ni dan la lata, ese padre amantísimo, que como única evidencia de los más de cuarenta abriles que le rondan, tiene unas canitas en las patillas, (que le sientan muy bien), que está cuidao sin excederse , que no le grita a sus hijos, ni los amenaza con rajarlos, que lleva la cuquineverita con batidos saludables, que le pone la cremita a su señora, que se ríe y la mira  (a ella  y a los niños) bendiciendo la inmensa fortuna de ser parte de esa familia perfecta, no existe y si existe, está pillao.






Va a ser mejor dejar la playa para finales de septiembre, cuando te puedes encontrar a un tarao pescando desde las seis de la mañana, a un surferillo jovenzuelo y a una muchacha (que bien podías ser tú misma) haciendo el saludo al sol.



lunes, 6 de agosto de 2018

Me he hecho vieja en un rato.


Yo, que soy muy de venirme arriba, también soy muy de venirme abajo, tipo  subsuelo y eso. Me dura un rato, pero me da tiempo a pensar, y eso, según se mire,  es un marrón.
Las malditas gafitas del cerca, aparte del impacto emocional de tener presbicia, me han traído (así a las bravas), un descubrimiento  arruguil, del que  podría haber prescindido perfectamente y  un par de microinfartos al verme la cara en tres dimensiones.
En la era pre-gafas, mi vida era pura ignorancia y felicidad, ha sido ponermelas y verme arrugas, ¡coño,  con lo mona que me veía yo a mí misma difuminadita!.
En realidad también veo las arrugas, manchas, granos y pelos fuera de sitio ajenos, lo que, como la perfecta cuarentona envidio-majara que soy,  equilibra un poquito el Universo.
Y digo yo, ¿la humanidad  (la parte de humanidad que ve bien) me ha estado viendo como una puta pasa, y nadie me ha dicho nada?
 De verdad, sofocos de la muerte me entran, de pensar que me he paseao por el mundo así, con más arrugas que cara, ¿por qué coño el tiempo y la edad tienen que destrozarnos las caras y la vida?.  
Así que, para volver a conseguir la tersura epidérmica que una vez tuve, me he hecho seguidora de un montón de instagramers que cuelgan continuamente vídeos de maquillaje, a ver si se me pega algo. 
De momento, he descubierto que existen miles de productos que no sé ni cómo pedir en una perfumería, y seguramente no sabría cómo usar.

El básico para hacer contouring  al más puro estilo Kardashian, lo tengo, pero creo que no  hay espacio en mi cara,  para usar tantos colores, lo he intentado, pero sólo he conseguido un especie de look penoso que se debate entre  indio arapahoe y payaso  triste y que da mucho miedito.
Creo que, si tengo que elegir entre  seguir  llevando mis recién descubiertas arrugas con dignidad,  y parecer una drag trasnochada y vieja, me quedo con mis arruguitas, digna evidencia de que he vivido.

viernes, 3 de agosto de 2018

La luz.


"Una estrella recién nacida tomó entre sus manitas de luz a una luciérnaga que volaba en el espacioso jardín de la noche. Eres tan pequeñita -le dijo- y tu luz es tan débil...
La luciérnaga se detuvo sobre la hoja de un ciruelo bajando la cabeza para que su hermana no supiera de su tristeza.
Eres tan llena de luz -le dijo entonces con un hilo de voz- y agregó: ...y sin embargo, hermana mía, tan ciega. El tamaño de las cosas, ¿pertenece al reino del espacio o al reino de la Esencia? No importa que tan grande seas tú, y cuán pequeña parezca yo, lo que sí es importante es que ambas somos portadoras de luz. Deja tus huellas gigantescas en el inconmensurable cielo; a mí  me basta con iluminar el sendero de los pequeños insectos voladores,  para que en sus viajes nocturnos no sean atrapados por telarañas y otros peligros. Cada uno ayuda según la luz que posee, no interesa la magnitud o pequeñez del servicio. Lo que sí es importante es que éste sea el producto de la luz que cada uno tiene en su corazón. La fuente es la misma"


Cuentos para el alma" de Ada Albrecht


martes, 26 de junio de 2018

Sufro mucho.

El catarro se ha instalado en mi cuerpo de manera definitiva en forma moqueril, que si ya es entre muy poco y nada glamuroso, resfriarse en primavera-verano, no desprenderse del pañuelo cual dama de las camelias,  ni para ir al baño, ni os cuento.
Así que, vengan mocos pa´rriba y vengan mocos pa´bajo, mientras estoy en la ofi, mientras hablo con un compi, mientras  hago la compra, mientras llevo al rubito a extraescolares, mientras limpio, mientras plancho, mientras conduzco y mientras doy un paseo acompañada (que qué bonito queda esto).
Me persiguen,  se hacen fuertes en mis interiores y empiezo a pensar que esto no se va acabar nunca, que se ha hecho crónico, que hay quien tiene la voz tomada siempre o quien siempre  tiene un grano en el mismo sitio, pues yo tengo mocos, pa siempre, es así, no me voy a librar.
Y mientras mi organismo juega a moquearme, entro en una óptica con mentalidad y ánimo de poco más de treinta y salgo derrotá,  arrastrando mi miseria por la calle, mientras noto que se me descoloca una cadera.
Hace tiempo que vengo notando que me tengo que separar un poquito el móvil para ver la pantalla y que (a veces, que no siempre) la letra pequeña me baila delante (literal) de las narices, pero claro,  yo pensaba que la alergia ,el catarro y los disgustos, habían contribuido, (para compensar),  a desarrollar en mi cuerpo serrrano, algún súper poder tipo, atravesar placas de hormigón con la vista o algo  pero, no la tristérrima realidad es otra:

Voy a la óptica y la hermana gemela del moranco gordillo,  nada más ver mi ficha,  me espeta:
-           Con la edad que tienes lo más seguro es que tengas presbicia
A  lo que  mi mente responde: “japuta la tía con la cara de sobao pasiego que tiene, la mare que la parió, que eso es de señora mayor, que me va a poner unas progresivas, aaayy noooo”
Pero muy prudente, intento disimular mi cara de asesina en serie, me aguanto las ganas de quitame el tacón y partirle la cara, en tres o cuatro trozos,  y digo, (con mi mejor proyecto de sonrisa):

-          Ja, ja, jaaaa, ¿siiií, ya estamos en esas?, vaya por dios!

Efectivamente, me hacen una revisión y yo misma en mi mismidad, me doy cuenta que no veo un pijo de cerca, que de manera automática, mis brazos, sin pedir permiso,  me separan el texto de la cara, para verlo mejor, y que las palabras se montan en el papel, una juerga flamenca con fin de fiesta por bulerías, que ríete tú de los gitanos de mi pueblo.


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Aquí ya me dan ganas de morirme, no por morirme yo misma, (que no tengo interés),  sino  más bien por dejarle el marrón del cadáver de una persona que entró siendo joven y se hizo vieja en cinco minutos, a la rubia anaranjada, que me había arruinado la tarde, la semana, el mes y la vida. Pero no me morí,  y me fui deseándole   una plaga de polillas o una tubería  rota que le destroce la óptica por no decirme que me hago mayor con un poco de delicadeza, que una tiene su corazoncito y no está ya para muchos trotes,  y por no tener un cartel en la puerta tipo : "Atención, se dispone ussted a entrar en un túnel del tiempo de los chungos".
Salí corriendo porque no llegaba al partido y por el camino comprobé con horror que me renquea una pierna, señal inequívoca de que la cadera está a punto de descolocarse, se me volvió a pasar por la cabeza morirme, a ver si alguien se apiadaba de mí, y del disgusto que acababa de llevarme,  pero mi hijo me metía prisa, para llegar por lo menos a la segunda parte,  y no era cuestión de perder tiempo muriéndose por las esquinas.
Así que, si me veis con un pañuelo en la mano, no es que vaya yo ahora de dama de la Inglaterra victoriana, es que me ahogan los mocos, los disgustos y la edad.