viernes, 29 de noviembre de 2019

El refajo.



Un día,  vas a comprar unas medias y te pregunta la dependienta si las quieres reductoras, la miras con tu peor cara de asco (ensayada ante el espejo durante décadas), mientras te tocas tu tripa plana como una tabla, y  le dices: “perdona? para reducir qué?”.











Pasados dos años, dos,  descubres con horror, que te empieza a asomar una especie de línea de flotación-colgona, por encima del cinturón.
Lo miras, lo tocas, y efectivamente es tuyo, te ha caído en suerte y o empiezas a hacer abdominales como una loca, o lo asumes.
Como lo de hacer abdominales, lo veo complejo (ni de joven logré pasar de cuatro), decidí hacer lo que se ha hecho toda la vida: disimular.
Y me compré las malditas medias con refajo incorporao (por supuesto en un turno distinto, no sea que la dependienta se acordara o acordase de servidora y me espetase, un “te lo dije”).
Y  me las puse.
Y  casi muero.
No exagero si digo que  tuve  hasta mareos con la mierda del refajo, no podía respirar, se me clavaba por todas partes y estuve toooodo el día contemplando la posibilidad de quedarme “a pierna gentil”, pero me imaginé mi color de piel en invierno,  el frío y los litros de mocos que iba a soltar luego, y preferí arriesgar mi vida ahogándome, pero morir con las medias puestas.

Para vuestra información, las medias de la muerte,  han sido convenientemente quemadas recicladas, y mi barriguilla descansa feliz por encima de los leggins.


¡Feliz fin de semana!

martes, 19 de noviembre de 2019

El escáner de un beso

Esta es la imagen de una madre besando a su hijo. No era fácil obtener una instantánea así con un bebé, a ninguno (ni a los adultos),  le gusta estar inmovilizado en un sitio oscuro y estrecho, que emite sonidos desagradables. La magia la hace la madre; el beso, su abrazo, su olor, en definitiva, su presencia junto a su bebé,  fueron claves para mantenerlo tranquilo.
Rebecca Sajonia (la mamá) trabaja en un  laboratorio, dónde hacen resonancias a niños pequeños,  mientras les leen historias. De esta forma, estudian las reacciones del cerebro según los distintos pasajes del texto.
Pero nunca nadie había estudiado, qué pasa en el cerebro cuando se recibe una muestra de amor, y en esta fotografía está la respuesta: es la cara científica del gesto más universal de  amor de una madre a su hijo.
La Rebecca Sajonia científica, diría que un beso libera oxitocina, que el contacto produce una explosión de endorfinas y vasopresina que ayuda a que la unión de una madre y su hijo sea aún mayor, yo veo una radiografía  del amor más puro y limpio que existe,  y seguramente,  la Rebecca mamá, vea lo mismo que yo.
¿Qué veis vosotros?


viernes, 15 de noviembre de 2019

Acepto, me acepto

 Ser un proyecto de señora mayor es, además de tener calor cuando la gente está frozen, odiar sistemáticamente a todo el mundo,  con una intensidad que ríete tú de Jack el Destripador, es pedirle al universo un poquito de dignidad en el sueño, es que te moleste el volumen de voz de la mayoría de los mortales, es que no soportes las risotadas a destiempo, es que te  llegue a molestar que el objeto de tus antipatías respire.



Ser una mujer madurichi,  es que se te ponga el corazón a mil, porque quieres darle  un guantazo a alguien que no para de quejarse por todo, es querer salir corriendo y no hacerlo porque te duelen los rodillas, es agacharte,  en un alarde de agilidad, y oír un crujido que no sabes ni de dónde viene,  es que te duelan articulaciones que no sabías que tenías, es cabrearte porque te invitan a una fiesta, “vamos hombre que se me habrá perdido a mi allí?”, es un dolor de cabeza continuo porque has dormido mal, es una hostilidad infinita contra el mundo, porque se te olvidan algunas cosas (tipo dónde leches has aparcado y llorar y enfadarte contigo misma, porque no lo encuentras, y volver a llorar porque te sientes tonta).


Madurar (¡valiente eufemismo!) es que te asalten pensamiento pre asesinos, es plantearte hacerte una hoja de Excel con las dolencias, frecuencias e intensidad de las mismas, para llevárselo al médico, es que todo te venga mal, es no ser capaz de aclararte con las tecnologías y sentirte idiota porque no controlas.







Pero también es ser capaz de anticiparte a las situaciones (y acertar), es conocer las intenciones de la gente, es saber de dónde te va a venir la próxima hostia, es pensar entre regular y mal y acertar, es reconocerte capaz de muchas cosas, es ver  tu  yo de  antes de que los años hicieran su trabajo,  reflejado en otra persona, y pensar  con cariño, “lo que te queda aún ”  , es (en los momentos de calma) ser capaz de guardarte un consejo que nadie te ha pedido,  y dejar que cada uno haga lo que estime conveniente, es sentarte  a verlas venir.

Es saber reconocerte en lo que eres, es no entrar en competencias absurdas con las otras mujeres, es aplaudir a quien brilla,  en vez de quererlo hundir, es  la sorodidad por bandera, mientras ves como las más jóvenes o las menos maduras, se destruyen entre ellas.
Es no ponerte tú por delante, es no intentar de justificar tus carencias, ni tus creencias, es no tratar de imponer nada a nadie, es ahorrarte las lecciones del vida al prójimo, es vivir, casi en paz (salvo por los golpes de calor, los cambios de humor y las lloreras repentinas)





Acepto mis cambios de humor, mis ganas de llorar y de matar, porque forman parte de lo que soy ahora.


martes, 12 de noviembre de 2019

El batch cooking domical.


Lo  último en el Universo Instagram, es  el Batch cooking, o  lo que viene siendo “cocinarlo todo en una tarde, porque no tienes tiempo ni pa llorar durante la semana”.
Pues, ¡qué alegría, qué alboroto, qué modernos somos todos! 
Que si yo tuviera otra opción, tipo que al adolescente y servidora nos adopte la vecina que hace esos guisos, que huelen en todo el pasillo, o que, en vez de  el sueldo de Nescafé, ganara o ganase  en una rifa, un  menú diario para el resto de mis días, iba a tener los domingos cuatro fuegos encendidos, todas las cacerolas en uso, el extractor a todo lo que da y el pelo apestando a cocinilla, Rita la cantaora.





Las instagramers hacen menús  para toda la semana (de dos platos,  más postres) para cinco días, lo que hacen un total de diez platos, más cinco postes, eso suman 15 recipientes, suponiendo que no coma nadie más en casa.
Cuelgan una foto con una filita de tuppers transparentes (nada de restos de tomate o curry incrustados en el plástico)  preciosos, igualitos, con tapas (que  fijo que encajan bien) de diferentes,  llamativos y preciosos colores, que no venden en el chino, sobre una encimera que parece recién salida de la tienda,  y se las ve  felices, con un delantal de cuadritos vichy y el pelo en su sitio, con sus comidas saludables y sus cocinas limpitas, sonrientes, de buen humor, ideales, como si la vida les hubiese brindado la maravillosa oportunidad de pasarse la tarde de domingo cocinando, y eso fuera, de lejos, lo mejor que les ha pasado en la vida.




Yo, además de tener que salir a la tiendita de la esquina todos los domingos a por cebolla, vino, mantequilla o nata,  y llorar porque ya me bloquea pensar y hacer comida para un día, ni os cuento ya, para cinco puñeteros días,  cuando termino, parece que he matado personalmente al cerdo, al  pollo o a la vaca,  para poder cocinar.






Me anoto todo lo que tengo que mejorar para hacer batch cooking como si fuera una buena madre:
Comprar tuppers bonitos, con tapas de colores chulos, que encajen bien.
No meterlos en el lavaplatos, que se comban las tapas.
Ordenar el mueble de los tuppers, que lo tengo como  María Teresa Campos.
Pedirle al manchego que me instale otra vitro, cuatro fuegos no son suficientes, aunque tenga que cortar la verdura en el pasillo, o en su defecto, en una tablita suspendida del techo.
Comprar cacerolas
Buscar espacio para guardarlas.
Inventar un sistema de almacenamiento que quepa en mi mini-cocina.
Buscar la forma de forrar la encimera y media cocina para que no salpique ni se ensucie nada, estoy dispuesta a atender sugerencias
Comprar un delantal bonito de cuadritos o corazones.
No echarme a llorar hasta que tenga dos platos y postre saludables por día (cinco días, cinco)
Echarme a llorar, y luego a dormir, y después volver a llorar otro ratito, porque me duele algo.


Creo que le voy a pedir a mi vecina que nos adopte, porque,  de momento,  no he visto que en ningún sitio se sortee un menú diario para toda la vida.










lunes, 11 de noviembre de 2019

Caruso



Cuentan que, cuando Caruso ya tenía los días contados,  se refugió en el  Hotel Excelsior Vittoria en Sorrento. Pasaba los días esperando a que llegara la hora en la que daba una a lección de canto a una jovencita de la que estaba enamorado.
Una noche de verano, quiso cantar por última vez para ella. Hizo poner un piano en la terraza, y aún encontrándose mal, cantó  su  testamento de amor,  con las  últimas fuerzas que le quedaban.
Su voz era tan potente, que los pescadores,  que oyeron el canto desgarrado de Caruso, regresaron al puerto para contemplar la escena.
Las luces de las barcas eran tantas,  que parecía que el cielo había volcado sus estrellas sobre la mar. Caruso no se permitió ni un momento de debilidad, recordó aquellas otras luces de Nueva York, dónde tantas veces deleitó a su público, y  cantó,  desde la terraza de un hotel en un ricón de Sorrento, a su enamorada y a un grupo de pescadores,  que no esperaban ser testigos de su último recital
Esa noche su estado empeoró. Dos días más tarde, el 2 de agosto de 1921, moría en Nápoles.

Lucio Dalla, conocedor de esta historia, escribió sesenta y cinco años más tarde, en la misma habitación de Hotel, esta canción: 

Qui dove il mare luccica,  e tira forte il vento , su una vecchia terrazza davanti al golfo di Surriento, un uomo abbraccia una ragazza dopo che aveva pianto poi si schiarisce la voce e ricomincia il canto.


Aquí donde el mar reluce y sopla fuerte el viento, sobre una vieja terraza, frente al golfo de Sorrento, un hombre abraza a una muchacha, después haber llorado,  luego se aclara la voz y da comienzo al canto.

¡ Buen inicio de semana!



 

viernes, 18 de octubre de 2019

El otoño: el estacional y el de la edad.



Hacerse mayor es estar en un desajuste continuo, es que nada te venga bien, es una pataleta infinita porque el mundo está loco, es llorar sin motivo, es no ser capaz de guardarte un “te vas a la mierda, porque lo digo yo, y punto”, es querer matar y abrazar a la vez, es un regreso a la adolescencia con un cuerpo que cruje y se niega a obedecer órdenes, una mierda como una casa, vamos.









Esta mañana,  mientras conducía para el trabajo, he visto a un adolescente con chaquetón y (¡atención!) gorro de lana, un señor paseando al perro con un polar, una señora saliendo de la panadería con una rebeca gordita, y dos niñas de colegio con la falda del uniforme ultra corta,  sin calcetines ni medias ni nada, pero con un plumas por arriba, y yo,  con un blazer y unos vaqueros, estaba asfixiada. 
Ya cuando me he levantado, y a pesar de tener todo abierto, he notado que el frío no termina de llegar, pero al ver a la gente por la calle abrigada, he pensado que me hago mayor, que los sofocos se están apoderando de mi persona y me ha entrado más calor. Así que, he descubierto que hacerse mayor, es (entre otras mierdas) que te entre calor, porque tienes calor y así en un bucle infinito de sofocos y abanicazos varios.
La naturaleza en muy cruel”, he pensado, pero luego,  en un alarde de optimismo que, ni en la casa de la pradera, he llegado a la conclusión, de  que los desajustaos son los demás, que la gente se ha comprado ya la ropa de invierno y no se pueden esperar a que llegue el frío,  que el otoño es al raciocinio estilístico lo que las hombreras ochenteras al buen gusto, y he sonreído, feliz,  por mi triunfo.

Primera batallita de señora mayor ganada por hoy: la gente es muy mamarracha.


Por otra parte, me molestan cosas que nunca me han importado: la gente sin sangre, la que siempre está cansada, la gente que se queja del calor del verano (y no sale de casa ni a tomar una cerveza) y de las lluvias (escasas) de invierno (ídem), que se resfría si bajan tres grados las temperaturas y se escucha y se cuida mucho, muchísimo, porque no tienen nada más qué hacer. Son los mismos a  los que les cuentas,  los malabares espacio-temporales que haces para sobrevivir al día a día y te dicen, “bueno está bien, con que descanses un par de horas los domingos, es suficiente”


¿Perdoooooona?, que pasas al lado de un ventilador y estás tres días en cama, que vas a comprar al súper un día, y descansas cuatro, ¿en serio?,  ¿te atreves a decirme que dormir seis horas al día y no tener ni media hora de descanso diario es suficiente?,

¡qué cantidad de guantazos tengo pendientes!















Ser mayor también es volverse un poquito agresiva, de momento de pensamiento y de palabra,  veremos si de acción también.  Aún no he llevado a la práctica ninguna de las pataditas voladoras a la yugular, que tengo en mente, así que, se puede decir que, teniendo en cuenta, que me liaba a bofetás y me quedaba sola, soy una persona pacífica


Segunda batallita ganada: he pensado en pegarle a mucha gente y no lo he hecho.


Cada minuto que pasa, me molestan más las tonterías, las risas (que se oyen en Tanzania),  las bromas absurdas (siempre las mismas), las ganas de ridiculizar a los demás y las conversaciones de hormonas con patas de mis compañeros, es como volver a los quince años, pero con la experiencia de los casi cincuenta. 
Pero como a pesar de querer quitarme el tacón y darles, no lo hago, puedo decir que he ganao (hoy, mañana no se sabe) la tercera batallita: aún no los he mandao de vuelta al Instituto.


Pues eso, que lo mismo soy una asesina en potencia, que me echo a llorar con un video de gatitos.
¡Ahí queda eso!.

 

viernes, 11 de octubre de 2019

El cristal con que se mira

Arena de la playa vista con microscopio.

En la vida todo depende del cristal con que se mire.
Jordi i Serra Fabra es tartamudo y terminó siendo locutor de radio, además de escritor.
Sufrió acoso escolar,  y nadie confiaba en que llegaría a nada en la vida.Convirtió todos los elementos que tenía en contra,  en ventajas para avanzar y llegar a ser quien quería ser.
“Os diré algo: cada golpe que recibí me hizo más fuerte. Tenía un sueño; quería ser escritor. Así que,  recibí muchos golpes y me los tragué. Y esos me hicieron más fuerte. Nunca pudieron conmigo. Un día llorando en casa descubrí que había una persona que sí creía en mí. ¿Sabéis quién? Yo. Es suficiente”.





Él  nunca se vio como un niño tartamudo que no  lograría nada, se vio como lo que era, uno de los autores más leídos en literatura infantil y juvenil en castellano.









 Usó las lentes de ver lo que nadie más veía. ¿Por qué no usar nosotros también unas gafas con cristales rosas?
¡Buen fin de semana.!