jueves, 11 de julio de 2019

Vacaciones de ser yo.

Estoy cansada y no es un cansancio físico, que también, es algo más profundo es como si la única forma de escapar fuera irme a una comuna de esas de cultivar melones y tomates o a un convento a pasar unos días, sin móvil, sin contacto con el resto del mundo, sin pasado y sin presente.
Por una parte, necesito vacaciones en el trabajo, sin duda. Ya a estas alturas son más las veces que me quedo mirando un punto indefinido en el horizonte con la boca abierta, (me falta babear), que las que consigo sacar el trabajo con la celeridad y eficiencia que se me supone.
Para la mayoría de los mortales, la jornada intensiva es lo más, a mí me mata. Por mucho que corra para ir a dormir antes, es imposible: en mi casa de nueve a once de la noche hay una mierda de abducción temporal, que no consigo entender. No me cuesta madrugar, lo que me cuesta, (porque me sepultan las responsabilidades),  es acostarme a una hora decente.
De todas formas, en mi cabeza meterse en la cama cuando es de día, queda reservado exclusivamente,  para los días en los que estoy al borde de algún tipo de coma.


Por otra parte,  en mi mundo coger vacaciones es una auténtica locura. Tengo que dejar listo todo el trabajo que el señor jefe estima conveniente, más el que intuyo que va a surgir durante mi descanso, para comerme la semana que me incorporo, lo que no he previsto (porque era imposible) lo que no me han hecho mis compañeros (porque son del tipo cero empatía),  más el trabajo de los que están de vacaciones, vamos la muerte a pellizcos.
Creo que mi única forma de escapar de todo,  es coger “vacaciones de mi misma”, descansar del millón de cosas que hago al día, de las obligaciones absurdas que yo solita me impongo, del ridículo trabajo de mantener el orden mental, de las quejas, de las historias raras, de las toxicidades y tristezas que me rodean. Necesito dejar de ser yo unos días,





viernes, 21 de junio de 2019

El fin de curso y la pérdida de papeles de las supermadres.

Hace ya algunos años que el adolescente no va a las fiestas de fin de curso. De hecho, ni siquiera sé si  no va porque no le viene en gana, o porque alguna persona coherente,  ha pensado que,  ya con esas edades, queda pelín absurdo ponerlos a cantar (y/o bailar).





La primera vez  que mi hijo tuvo que subirse a un escenario (en la guardería), se escondió detrás del niño de delante. El crío, (el otro)  entregadísimo, dándolo todo, que parecía que se le iba a salir la cabeza,  y el mío, mi vástago, carne de mi carne y sangre de mi sangre, no hizo ni el intento de mover aunque fuera una mano,  o un poquito de play-back, nada, el niño se quedó inmóvil mirando a ningún sitio,  y pasando bastante de la entrega desmedida del artistazo que tenía delante.
No le dije nada,  pensé que,  simplemente,  era tímido o que fiel a su modo de establecer comunicación con el mundo, pasaba de intentarlo en plan estonovaconmigo.


El primer año de infantil,  (me lo vistieron de mamarracho) y el niño hizo lo mismo que el anterior: se escondió y no movió ni una pestaña. A mí  esto, ya me escamó un poco, a ver si el niño iba a tener un problema de miedo escénico y mi esperanza de hacer carrera artística de él, se iba al garete. Así que, para salir de dudas y con toda la delicadeza que el tema requería, le dije:
   - Wichi, ¿no te sabías la canción?
   - Sí me la sé, la hemos ensayado muchas veces.
   - Pero no has cantado…
   - No.
   - ¿Por qué?, ¿no te gustaba?
   -  No
   -  Bueno, no era el super hit del verano, pero tampoco estaba tan mal.
   - Yo vengo al cole a aprender a leer y escribir, no a bailar.
¡Tres años tenía el niño!, ya os podéis imaginar cómo me quedé, ¡muda!,



no he vuelto a preguntarle porque no se interesa por las fiestas en general  y la de fin de curso en particular.

El segundo año de infantil, y esto lo tengo que contar, unas madres iluminadas, junto a la peor profesora de infantil del colegio, (podría escribir un libro con la escasa vocación de la prenda esta) perpetraron, seguramente, la que  quedará grabada en los anales de la historia, como la más patética de todos los tiempos. Como dato,  os cuento que a mi hijo, que tiene gafas desde los tres años, le hicieron quitárselas (se sentía inseguro en el escenario porque no veía bien), para que fuera vestido de bebé,  y a  los compañeros que no llevaban gafas, les pusieron monturas sin cristales, para que fueran vestidos de padres.

 ¿Perdona?


















¿sois tontas o le dais pellizcos a los cristales?











                                                                             

Aquí fue donde decidí  que o cometía un asesinato múltiple,  o me vengaba preparando mi candidatura a madre delegada (lo que no sabía era que el cargo para mi iba a ser  vitalicio) y cortaba de raíz las pérdidas de tiempo, tonterías varias, disfraces imposibles y bailecitos absurdos.








Parafraseando a la ilustre y siempre acertada Mónica Naranjo: “no maté a nadie, Aitana, no maté a nadie”,  aunque ganas me quedaron,( y me duran), por muy zen que pretenda ser.






En todo caso, pienso que esto de las fiestas de fin de curso, (como casi todo) se no está yendo de las manos y encima,  ahora se han instaurado el sábado por la mañana, que esto es demencial, un sábado, por favor, que es el día de poner lavadoras.


He visto madres delegadas estresadas, buscando información por internet para  hacer el mejor atuendo, el más original y currado. Se pasan desde semana santa preparando la actuación y están convencidas de que optan a una especie de premio a la dedicación.
Ellas, abnegadas buscadoras del halago facilón, son las que lo idean todo: la ropa, la canción, la coreo y hasta el segundo exacto en que deben recibir la ovación del público (reverencias incluidas).
Se ocultan información entre ellas, que parece que están guardando un secreto de estado, y les prohíben a los niños contar de qué va su baile, para que brillen más (o mejor dicho para que haya un comentario tipo “¡como se lo han currado las madres delegadas!”), evitan las filtraciones,  como si estuvieran resguardando la exclusiva de la boda de la Campa,  y se respira cierto ambiente de competitividad (de la chunga),  en los días previos al gran debut ( y es que en el fondo ellas quieren ser las grandes protagonistas de algo, aunque sea un bailecito).

En fin, que en su febril locura por hacer una actuación digna de un grammy, ponen a los niños a ensayar como si se jugaran un puñetero pase de oro,  de un programa de esos de talentos varios, una puta locura.







Lejos quedaron aquellas fiestecitas de mis tiempos, en las que hacíamos un baile improvisao, o en el mejor de los casos, un sainete de los hermanos Alvarez  Quintero,  no iban los padres a vernos,  y a lo más que aspirábamos, era a mojar unas patatas fritas en un refresco de cola (porque la cola estaba un poquito prohibida).






No eran tan bonitas, no estaban tan cuidadas, no había tómbolas (bueno la de Marisol), ni castillos hinchables y  las madres no se estresaban, porque las actuaciones eran sólo nuestras, pero sin duda,  éramos felices (y nuestros progenitores también).


martes, 18 de junio de 2019

Todo huele a ti


Como obra de arte la expones, 
tu ropa cuelga en el porche, 
saludo, me reconocen, qué pasó, 
dónde vas, llévanos. 

Me gritan todos los balcones, 
tengo un nudo que no sé deshacer, 
mi cabeza, escuela de calor, 
hasta que el otoño al fin se asome. 

No se esconde, 
lo que sientes ahora mismo no se esconde, 
está tan cerca que puedo escuchar tus ganas riéndose,
tu respiración se posa en mi piel, suave, miénteme, 
eres tú la versión más feroz de tu ser, tú. 

Cerca de mí está tu pecho, 
tus latidos, uno por uno los cuento, 
no siento ni que haya luces a mi alrededor, 
y todo huele a ti, las horas vuelan, las horas vuelan. 

Pero dame un poco de ese ritmo 
que tú tienes en tu corazón, 
y ahora abrázame, y todo huele a ti, 
que la noche está muriendo. 

La ciudad se traga los coches, 
la luz revienta la noche, 
rompo los moldes de entonces, 
no hay quien me desmonte. 

Un sitio que maniobre 
tu piel morena de cobre, 
si bebo pa´ verte doble 
sólo veo tu porche. 

No se esconde, 
hasta el último átomo de mi ser responde, 
con que solamente sin querer me roces, tú, mujer, 
respirar y descubrirte pasar una sola vez, 
eres tú la versión más feroz de querer, tú. 

Cerca de mí está tu pecho, 
tus latidos, uno por uno los cuento, 
no siento ni que haya luces a mi alrededor, 
y todo huele a ti, las horas vuelan. 

Siento tu cuerpo palpitando al lado del mío, 
siento tus labios sobre mis besos, 
mira, mírame y dame tu dolor más nuevo, 
yo estoy aquí, amor, ya no temas más. 

Pero dame un poco de ese ritmo 
que tú tienes en tu corazón, 
y ahora abrázame, y todo huele a ti, 
que la noche está muriendo. 

Tú, tú me das todo lo que quiero, 
tus latidos, uno por uno los cuento, 
no siento las luces a mi alrededor, 
y todo huele a ti, las horas vuelan. 
Y todo huele a ti.


¡Feliz viernes!






La rana y la princesa


Érase una vez, en un país muy lejano, una hermosa princesa, independiente y con una gran autoestima que, mientras contemplaba la naturaleza y pensaba en cómo el maravilloso lago de su castillo cumplía con todas las normas ecológicas, se encontró con una rana.




La rana saltó a su regazo y dijo:




"Hermosa princesa, yo era antes un hermoso príncipe. Una pérfida bruja me hechizó y me transformé en esta asquerosa rana. Un beso tuyo, sin embargo, me transformará de nuevo en un bello príncipe, podremos casarnos y formar un hogar feliz en tu hermoso castillo. Mi madre podría venir a vivir con nosotros y tú podrías preparar mi comida, lavarías mi ropa, educarías a nuestros hijos y viviríamos felices para siempre."




Aquella misma noche, mientras saboreaba unas ancas de rana salteadas, acompañadas de una cremosa salsa con cebolla y de un finísimo vino blanco, la princesa sonreía y pensaba:


¡¡Ni muerta!!






Cuentos de hadas para mujeres del siglo XXI" de Luis Fernando Veríssimo



Y es que la princesa, no quería ser la princesa de nadie, de hecho ni siquiera quería ser princesa, sólo quería vivir en paz, en su casa, con sus normas , a su aire y necesitar a alguien por amor, no amar por necesidad.


lunes, 17 de junio de 2019

¿Qué sabe nadie?

El mundo sabe de mi,  lo que le permito saber, para todo lo demás, pueden intuir, especular y hasta inventar;   ¿qué sabe nadie?








 Y como soy incapaz de decidir que versión me gusta más, os dejo dos y me contáis.









¡Buen inicio de semana!




miércoles, 12 de junio de 2019

De líderes y palmeros



A veces, hace falta alguien para dirigir,  animar y  apoyar al grupo, y para eso está el
Líder nato: destaca desde la infancia por sus actitudes, proyecta seguridad y equilibrio, sabe lo que necesita cada uno de los componentes de su equipo,  y tiene las herramientas para proporcionárselo (y lo hace).





Luego está el  cutre líder: es una persona que sólo ha destacado en su cabeza o en la de su madre, está convencido de que es el colmo de la simpatía, sabiduría y del  guaycismo. Por circunstancias de la vida, termina  en un  grupo de personas mediocres (o pasotas, que tanto da). Y aquí es donde se crece: se cree que de verdad es un ejemplo a seguir, se viene arriba cuando el palmero vocacional* lo jalea, le da la razón, e imita su forma de hablar, de vestirse y hasta de peinarse.

El problema  viene, cuando el cutre líder,  sale de la zona de confort en la que es un semidios,  y se enfrenta a una realidad en la que el resto de personas destacan infinitamente más que él.
Lo lógico sería,  entender la situación y avanzar realizando todas las acciones necesarias para llegar al mismo nivel. Pero el cutre líder no entiende la realidad, o sí la entiende,  y se engaña a sí mismo,  minimizando lo triunfos ajenos para, creer, en su paranoia, que él es mejor.

Se vuelve a su cueva, dónde vive endiosado, arropado por sus pelotas, que nunca se han planteado abrir los ojos y ver que no hay nada que imitar,  ni que seguir. 



No hay nada más peligroso que un tonto con un séquito de mástontos imitándolo, pero claro, hay una mayoría ominosa de cuerpos tristes,  que necesitan ser dirigidos,  y el cutre líder se encumbra ante la idea de un grupo de payasos (con perdón) , que le siguen de manera patética y absurdamente incondicional.










Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte”


No sé yo si así vamos a avanzar, pero  confieso, (en pleno arranque pantojil), que tengo una parte de culpa: formo parte del grupo de pasotas que prefiere no abrir la boca para no tener que discutir.
De todas formas vaticino que esto va a terminar entre mal y locamente mal (igual algo sale en las noticias)
·        


     * Un palmero vocacional, es un idiota que le toca las palmas a un cutre líder, es más tonto (si cabe) que el palmero tradicional, ya que este, al menos, obtiene un beneficio, aunque solo sea salir en la foto.


martes, 11 de junio de 2019

Respect

Lo bueno de parecer tonta es que no lo eres 
Yomisma.


La gente sigue pensando que soy tonta y actúa como si de verdad lo fuera, yo sigo haciendo como que no va conmigo (al más ridículo estilo minoentender) y me evito discusiones presentes y traumas futuros. Prefiero pasar por tonta que tener que discutir o defender mi causa (mi más ni menos noble que las demás),  ante idiotas que tienen la misma madurez emocional que los amigos más jovencitos de mi hijo.


Mi postura o mi forma de entender la vida es bastante flexible (y sencillita): no me puede la necesidad de pertenecer a un grupo, ni de sentirme identificada con nadie, así que, la idea de tener ciertas simpatías con alguien  y condenar ciertas actitudes, no me parece tan descabellada, como tampoco  me lo parece, no estar de acuerdo con la forma de conducirse por la vida de alguien  y reconocer cuando tienen razón.
Parece que hay quien se ofende si no lo sigues y le dices a todo que sí: O conmigo o contra mi. Pues yo estoy un poco harta de estar en los extremos, ya no tengo edad, ni tiempo, ni ganas de defender nimiedades. 
Es lo que traen la madurez y la paz interior, que no te posicionas, porque entre en blanco y el negro hay una maravillosa, elegante y extensa gama de grises y  porque ya no tengo (si alguna vez la tuve) la necesidad de pertenecer a la manada, porque es eso: una manada borreguil liderada por un borrego que destaca un poquito. 
A estas alturas de mi vida, no creo en las adhesiones inquebrantables, no me caso con nadie, no lo necesito. Tampoco necesito criticar a los demás para hacer valer mi opinión, ni quiero imponer mi criterio a costa de lo que sea;  convencer es, en palabras de Saramago,  una falta de respeto, es al fin y al cabo, una forma de colonización.
Respeto, sólo digo eso: respeto por lo que opinan los demás, aunque esté en las antípodas de lo que opino yo: eso doy, eso pido.


 

lunes, 10 de junio de 2019

La gatita.

Llevo toda la vida convencida de que soy animalista y  proMadre, y resulta que más bien soy una intolerante mascotil.
Mi hijo siempre ha querido tener un gatito, y yo me he hecho la loca de todas las formas posibles, todos estos años, alegando alergias, falta de tiempo y todo lo que se me iba ocurriendo, para evitar tener un animal en  casa, porque sabía que no me iba a gustar la convivencia, (por mi problemilla con el orden,  la limpieza y esos detallitos sin importancia, que me alteran una mijita).
He conseguido llegar hasta la adolescencia del rubito, sin grandes traumas. De hecho,  ya había renunciado a la idea del gatito, pero hete aquí que el manchego, ha recogido una gatita. Después de  las miles de fotos, vídeos, y demás testimonios gráficos de la fierecilla,   con que me había petao el móvil, (en plan padre primerizo), se me despertó un desconocido  (en mi) instinto maternal (con un animal, que me encantan, pero cada uno en su hábitat y dios en el de todos) y cometí la torpeza de ofrecerme voluntaria para cuidarla una noche.
Resumiendo mucho:
La tuve encima toda la tarde, que está muy bien, pero me seguía al baño, y bueno, digamos, que me cuesta concentrarme.
Tener el arenero  en el mismo sitio dónde cocino, me desconcertaba mucho y por más que tenía todo abierto, (lo suficiente para ventilar , pero no mucho para que no se escapara), el olor a gato, no se terminaba de ir.
No me dejó hacer la cena, la idea que se subiera  por la encimera (con lo que eso conlleva), se quemara con la vitro o trasteara en  la comida, me tenía tan paralizada que sólo alcancé a poner un par de filetes en la plancha.
Cuando conseguí cocinar, no me dejó comer. No tengo la mentalidad y la calma que hacen falta para cenar mientras la mascota en cuestión se pasea por la mesa, no puedo, lo intenté, pero no puedo.
La dejé un ratito encerrada, para cenar tranquila, pero lloraba y me daba pena, así que le abrí la puerta y se subió  a la mesa cuatro veces, mientras yo hiperventilaba al borde del ictus.
Me arañó cada una de las veces que intenté bajarla de la mesa, tengo la mano que parece que me he metido en la jaula con Ángel Cristo.
El rubito no parecía muy convencido de cuidarla sin mí ( pa mi que se le ha pasao la fiebre del gato)
El manchego tuvo que venir a las mil a buscarla.
Cuando se fue, me puse a limpiar muebles, sillas, sofá y suelo, (ni cuento a la hora que me acosté).
Conclusión:
Soy una intolerante, no tengo la bondad que hace falta para compartir espacio con un animal, no le susurro a las mascotas, y me declaro incapaz de asumir la responsabilidad que supone  tener una.