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Virgencita, virgencita...

Todo es susceptible de empeorar, así que, lo mejor es caminar por la vida suplicando bajito aquello de   Virgencita, virgencita que me quede como estoy. Pues estaba yo en un momento de rajada máxima: porque tengo un pinzamiento en el hombro, porque hay cosas que quiero terminar y no dependen en exclusiva de mí, porque volvemos al horario de invierno (eso implicar tirar de tupper a diario)  y porque,  en definitiva, no tengo tampoco grandes dramas en mi vida,  y de algo me tendré que quejar, aunque sea conmigo misma, porque tampoco es que me haga nadie mucho caso. Y en esas estaba el jueves, poniendo,  desde mis interiores,  a mis compañeros de vuelta y media, por nada en especial, por su tono de voz, por su forma de reírse (a las siete de la mañana, cohones ) por sus tonterías…no sé, su mera presencia, que respiran, que existen  en fin,  lo normal entre personas de buena voluntad. De repente,  empiezo a notar que no veo bien, limpio las gafas, una vez, dos veces, tres veces. Miro

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