lunes, 29 de octubre de 2018

Ni sí, ni no.

No voy a entrar en polémicas de si Halloween sí o no, a mí esto me da igual. 
Tengo un  hijo adolescente que se lo ha pasado (antes, cuando estaba en contacto con el mundo de los vivos y de los muertos)  en grande, pidiendo caramelos y viendo pelis de miedo en casa con sus amigos, así que, esa es toda mi opinión.
Independientemente de la adopción (o no)  de tradiciones ajenas, me quedo con las nuestras, que creo que no son del todo incompatibles con las de fuera.



En esta época del año, me gusta visitar el cementerio, comprar unos huesitos de Santo, comer castañas asadas, ver una representación de “El tenorio” y releer (mil veces más)  a Bécquer.

El Monte de las Ánimas

La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.
Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.
Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.  Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

I
 –Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
 –¡Tan pronto!
 –A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
 –¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
 –No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.
 Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.
 Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:
 –Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.
Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.
Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.
Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.
La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.
II

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.  Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.  Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.
 –Hermosa prima –exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban–; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.
 –Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido –se apresuró a añadir el joven–. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?
 –No sé en el tuyo –contestó la hermosa–, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo... que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.
 El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:  
–Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
 Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.
Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas.
 Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:
 –Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? –dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
 –¿Por qué no? –exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:
 –¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
 –Sí.
 –Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.
 –¡Se ha perdido!, ¿y dónde? –preguntó Alonso incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
 –No sé.... en el monte acaso.
 –¡En el Monte de las Ánimas –murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial–; en el Monte de las Ánimas!
Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
 –Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies, son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche... esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.
Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:
 –¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!
Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:
 –Adiós Beatriz, adiós... Hasta pronto.
 –¡Alonso! ¡Alonso! –dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.
 A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

III

 Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.
 –¡Habrá tenido miedo! –exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.
Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.  Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos.  Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.  –Será el viento –dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.  Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas,   palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.
Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.  Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.
 –¡Bah! –exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho–; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?
Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.
El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.
Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.
 Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!

IV

Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

viernes, 26 de octubre de 2018

Unas cuantas manías

No me tengo por una desquiciada oficial.
Sé, que probablemente, tenga algún tipo de trastorno extraño, pero no soy peligrosa, no digo,  ni hago, (de momento) barbaridades.
Aparentemente,  soy normal y no me ha dado (todavía) por hablar sola (en público, en privado, mucho), limpiarle la mesa a nadie, ni agredir a las madres clónicas y estupendas.



Eso sí, tengo algunas manías:

Hacer listas:
Me ha tranquilizado bastante ver que  Esther de  Autodidacta   hace listas de todo (pensé que yo era la única subnormal).
Llevo decenas de papelitos de colores con listas de la compra, listas de tareas pendientes, listas de películas para ver el fin de semana, listas de restaurantes, listas de canciones del momento, listas de productos cosméticos que alguna vez dieron buen resultado, y mil listas más. 
Mi cabeza no para,  y poner por escrito todos esos listados, me ayuda a sentir que tengo el control y a calmarme un poco.

Contar
Las matemáticas nunca fueron mi fuerte, pero cuento los escalones que subo, las croquetas que pongo en la freidora, las pinzas que uso para tender, la cantidad de camisetas que  plancho, el número de pasos que hay hasta llegara un parque o los segundos que mantengo una asana en yoga sin desparramarme por el suelo.

Sumar
Al hilo de la anterior, también tengo la ridícula manía de reducir las cifras que veo (tipo el reloj en el móvil, la temperatura, un precio o cualquier otro número que se cruce en mi camino), a un solo dígito, si es impar, genial, si es par; bueno en dos segundos voy a ver otro número y puede que sea impar. (Esto lo hago mientras hablo tranquilamente con quien sea).

Repetir palabras
O frases en mi cabeza, diez veces, treinta veces, mil  veces, una locura.

“Calentar” la fruta

No soporto la fruta fría, he llegado a arropar a un plátano, para que no estuviera tan frío.

No pongo los codos en una mesa que no esté inmaculada.

Bueno en los bares inmaculada, igual no está nunca, pero al menos, que no vea yo las miguitas.

Ordenar 

El armario por colores, el carrito en el super, la nevera, las despensas, la mesa de la oficina, las carpetas e  iconos en el escritorio del pc, los cosméticos,,¿la vida?.

El volumen

Jamás de los jamases en el 13

Simetría

Del tipo si hay dos interruptores, enciendo y apago luces como una posesa en una disco de Ibiza, hasta que consigo igualarlos.

 No cuento más porque me vais a incapacitar legalmente.


 

martes, 23 de octubre de 2018

Más cosas que me cabrean supinamente.

Me molesta la gente que mira sólo su ombligo.


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Las personas que no empatizan.

Los  envidiosos.


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La música pachanguera de los locales de moda.


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Los atascos, aunque tenga un día zen.

La gente tóxica.

Los que se quejan por todo.

Los contestadores que te meten en un bucle infinito de opciones y menús. Prefiero hablar con una persona humana, no puedo contarle mi vida a una máquina (si hay grabaciones mías con las barbaridades que llego a decir, es muy posible que termine  internada).


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Las llamadas de teléfono a las cuatro de la tarde para venderte algo.



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Las llamadas a la hora que sea para vender algo, que si quiero comprar algo,  lo que sea, ya lo hago yo por mi cuenta, coñooo!

Las abuelas que se me cuelan sin miramientos y sin que a mí se me ocurra abrir la boca, en el súper (he visto derrapes con el carrito de la compra que ni Fernando Alonso en sus buenos tiempos).


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Tener que pedir y/o repetir las cosas más de una vez, me da pereza, vergüenza y rabia.

Este tiempo que es un sí pero no y no sé qué ropa ponerme.


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Los musculitos cuando sólo hay eso.

Los alardes materialistas, no es necesario, de verdad, no hace falta.


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Que intenten colarme una historia cuando ya sé la verdad.

Las obviedades, tipo "anda,  pues está lloviendo".

Los despistes, en especial los míos, no me los perdono.


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La falta de higiene personal.

En general todos los insultos a mi inteligencia,  una cosa es que me  haga la tonta y otra es que lo sea.


miércoles, 10 de octubre de 2018

El precio de un abrazo


Pequeño  vástago, (ya no tan pequeño, de hecho) ha vuelto de casa del páter con un resfriado, nada grave; mocos, ojos llorosos, y picor en la garganta, pero muy formalito y haciendo alarde de una responsabilidad que yo no le conocía, no ha faltado ni un día a clase.
Va por ahí,  con el rostro pálido, resultado de una suma de verano entero en el sofá jugando a  la play, más constipado y el tono natural que venía de  fábrica, soltando mocos, toses y estornudos, con sus correspondientes virus, bacterias, gérmenes,  y demás elementos contagio-infecciosos, (lo siento por las buenas madres del cole, que van a ver como sus hijos se resfrían para el puente de El Pilar), y dando abrazos (nunca me había demandado tanto amorcito).
El resultado de esta repentina muestra de amor  filial, es una especie de principio de algo chungo, tipo el fin del mundo,  que me tiene desvaratá. En el intervalo de una hora,  se me ha pasado tres veces por la cabeza abandonar mi puesto y pirarme a mi casa a dormir una pre-siesta, siesta y post-siesta  de unas 23 horas, pero he descartado la jugada por antojárseme vergonzoso que mi hijo sea más responsable que yo.
Me quedo al pie del cañón, pero no estoy en plenitud de facultades, si alguna vez lo he estado, tengo todo el sueño que no se ha dignado a acompañarme nunca y me pica la garganta. Lo bueno, siempre hay un lado bueno, es que vienen unos días libres de madrugones, carreras y estreses, y podremos recrearnos en los mocos y  toses, y consolarnos mutuamente, además de las ronditas de paracetamol y caldito.

viernes, 28 de septiembre de 2018

La limpieza de primavera en otoño

Como la perfecta persona  un poquito obsesionada con la limpieza que soy, cada vez que tengo un rato libre, desmonto algo para limpiarlo,  y como he tenido unos días, por desmantelar  he desmantelao la casa entera (porque sí, porque una es un poco friki, porque  soy una pirada y porque todos tenemos una tarita de algo, ¿no?)














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Vaya por delante,  que ya no mezclo en el mismo cubo lejía y amoniaco, (nunca más I promise), pero aunque estén en  recipientes distintos, los vapores se mezclan en algún punto intermedio entre los cubos y mi persona, (esto lo he descubierto tarde, cuando ya se me caía el moco, tenía ojos de besugo resfriao, me faltaba el aire y tenía congestión a niveles estratosféricos).



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Así que, he estado a punto (por enésima vez), de morir intoxicada,  porque soy tonta o estoy loca o simplemente porque es mi destino: morir experimentado mezclas imposibles que me dejan con una única capa de piel, respirando a medio gas y goteando una cantidad de mocos que no es ni normal.




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Como resultado de mi último ataque de limpieza a muerte, he desarrollado una alergia nueva: la lejía, me he quemado intentando diluir en agua muy, muy caliente el jabón Beltrán y me duelen zonas del cuerpo que desconocía, porque tanto subir y bajar al borde del desparramiento corporal,  y posterior traumatismo craneoencefálico, me ha dejado una suerte de dolores varios, que me río yo de las consultas médicas de la Residencia para la tercera edad,  Nuevo amanecer.

A cambio de estornudar cada vez que entro en casa,  por las cantidades industriales de lejía que he usado, se puede hacer una operación a corazón abierto en cualquier rincón (de momento y mientras que mantenga a raya a los ácaros, bacterias y demás fauna microscópica que no resiste al flis-flis desinfectante).




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-¿Y a ti que te obsesiona?, me ha preguntado un compañero en el desayuno (son raros, preguntas cosas raras).
-      -    A mí, el polvo y la desinfección, he contestado,  y me he quedado tan ancha.

En mi defensa he de decir,  que no he llegado a los extremos de loca redomada que se ven por ahí, y que, de momento, mantengo el tipo de aquella manera (nivel agarrándome a la silla pa no coger una bayeta) en entornos ajenos.



jueves, 20 de septiembre de 2018

Las cookies

Aceptando cookies, estoy, seguramente,  donando  mi cuerpo a la ciencia, jurando amor eterno a un señor  que vive en una cabaña perdida en la estepa siberiana, aceptando ser la presidenta del club de fans de Carmen de Mairena, puede que, comprando una multipropiedad en Las Seychelles  y permitiendo a un universo de bits ,desconocido para mí,  poseer y traficar con información de mi persona.






Hay un sitio web que manda cupones de descuento todos los días (varias veces al día, de hecho), esto es lo que me ofrecen hoy:


Parrillada en un restaurante, que no sé ni dónde está

Lifting  facial, esto ya más que ofensa, es insulto, me hostilizo con el  mundo.


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Un empaste, bueno nunca se sabe cuándo se te va a caer el que llevas.

Visitas varias a spas varios, las cookies estas piensan que estoy estresá o algo, porque este se repite mucho.


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Pastillas para el lavaplatos, no sé, no entiendo esto.


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Aspirador de impurezas, ¿perdona? mi cutis está perfecto.



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Pack de 10 boxer, ¿qué hago con ellos?.




Unos calcetines con los dedos fuera.


















Divorcio de mutuo acuerdo, aquí ya casi me caigo de la silla, a ver la cosa es algo así como:
si has descubierto en vacaciones que no aguantas a tu marido, divórciate ahora que está más barato”, ¿en serio?


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¿Cómo me pueden ofertar en el mismo día un empaste y un divorcio?, ¿qué clase de información manejan?, ¿qué c** he consultao yo para que me ofrezcan indiscriminadamente un divorcio de mutuo acuerdo, un spa y un lifting?.



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 No sé si ofenderme o reírme.


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martes, 11 de septiembre de 2018

Aquellos maravillosos años

La felicidad en 20 pasos

Merendar  un bocadillo de chocolate, mientras te reías con tus hermanos,  porque si no lo sujetabas bien, las onzas terminaban en el suelo.


Volver de la  librería con los nuevos libros de texto y el material escolar.









Tener  un estuche con dos pisos de lápices y rotuladores de colores, sobre todo si incluía el color carne.













Meter la nariz entre las páginas de mis libros sin estrenar, mientas mi madre los forraba.

Revisarlos todos,  para saber lo que iba a aprender en clase ese curso.

El recreo el primer día de cole, todo por contar.



Las notitas por debajo de la mesa.

Lanzarme a la calle después de la tarea.

Estrenar mochila.

Bailar viendo Fama.


Un cola cao inmenso las tardes de lluvia.

Mi madre cosiendo mientras mi hermana y yo hacíamos la tarea.

Las botas de agua, saltar en los charcos.






Que me dejaran ver El hombre y la tierra.

Las tormentas de verano, se acercaba el comienzo de curso.








Ver por primera vez Verano azul. 

Ayudar a regar las plantas y ponerlo todo perdido (hermana mayor incluida).

Libros esperando en mi mesita de noche.

Revolcarme por la arena.

Saltar olas.








martes, 4 de septiembre de 2018

Situaciones absurdas (que sólo me pasan a mi)


Crónica de una caída

Estoy en la oficina.
Me acerco a mi sitio.
En algún momento, me agarro a la mesa (y no sé por qué).
Visualizo, como a cámara lenta,  que me caigo, y efectivamente me caigo.
De repente, la mesa y todo lo que hay en ella,  está por encima de mi cabeza y yo estoy debajo.



He oído un estruendo, y aunque no sé muy bien de dónde viene, imagino que es el impacto de mis posaderas en el suelo.
Aquí me debato entre:
Echarme a reír.
Echarme a llorar.
Fingir mi propia muerte.
Reptar por el suelo hasta alcanzar la puerta del patio, y no volver nunca más.
Levantarme y afrontar, como la persona madura que se supone que soy, la situación y el bochorno.
Opto por la madurez (una que es mu pro).

Tardo un nanosegundo en incorporarme con los brazos en alto y la mirada perdida diciendo: “no me he matado”, “estoy bien, que no me he matao, eh?”
El mismo nanosegundo, que tardan cinco tíos, en venirse pa mi corriendo con los brazos abiertos, pensando si partirse de  risa está aceptado por las normas básicas del civismo laboral, o deberían preocupase porque a la yaya le ha dao un vahído.
Cuando consigo sentarme, decido no levantarme más hasta la hora de irme a casa, aún a riesgo de mearme encima.
Resuelvo no volver a levantar la vista del  teclado en la vida, (bueno al menos en lo que queda de jornada),  mientras me aguanto la carcajada, porque no se puede ser más torpe.
Lo cuento en el grupo de la familia (a veces parezco tonta):
Familia ¿Pero cómo ha sido?
Resto de familia: ¿estás bien?
Ali (mareada): No, si yo estoy bien, muerta de vergüenza, pero vamos…
Familia: ¿Pero cómo te has podido caer en una oficina? 
Emoticono
emoticono
emoticono.
Ali (muy mareada): Ains, po no sé
La última parte de la familia: Hija, eres tonta
Llego a casa y el recibimiento de mi único vástago es: “Alicia, en serio te has caído en la oficina?”
Paso todo el día, como inestable,  no sé si mareada, acojonada, o muerta de vergüenza, decido pasar a andar al modo abuela: agarrándome a las paredes, por si acaso.

El aceite de coco


Mi era como follower de instagramers que se peinan y se maquillan, me ha llevado a  una continua  experimentación mediante métodos heurísticos (tipo ensayo- error, con más error que ensayo) con elementos  tan poco convencionales, como el aceite de coco para el pelo.

Primer  intento
Lo uso como mascarilla, la noche antes.
Resultado:
Pelo bien.
Funda de la almohada en remojo una mañana entera.
Segundo intento
Es muy temprano.
Estoy medio dormida.
Me enajeno mentalmente, y decido probarlo como acondicionador.
Resultado: (a media mañana)
Me noto el pelo húmedo.
Voy al baño y me veo el pelo pringoso, muy pringoso, (no os lo podéis imaginar)
Me lo intento recoger con una horquilla y una pinza, que es lo único que tengo, soy un cuadro, me quiero morir.
Conclusiones  finales del experimento:

Usar sólo un rato y lavar muy bien el pelo.


La señora fans del anís

Me voy a una ruta de senderismo con una empresa de turismo rural.
Coincido por segunda vez con una señora majara.
Paramos en una cafetería a tomar agua o un  refresco antes de empezar.
Pido agua.
Ella pide un anís.
Ali (flipando): ¿Anís?
Señora majara: Pa abrir los bronquios, que estoy resfriá
Senderista anónima: ¿Y no es mejor Vips Vaporub?
Señora majara: ¡Que va!
Ali (flipando aún más): ¡mae mía!
La señora majara se pasa la toda la primera parte de la ruta expulsando bocanadas de aliento calentorro y dulzón y caminando apoyada en los bastones con un andar errático y confuso, mientras que senderista anónima y yo nos tiramos por los suelos de la risa.
En la segunda parte la señora majara baja de la montaña como una rosa, senderista anónima se lamenta porque le duele todo,  y yo empiezo a bajar al modo lagartija (lo que viene siendo reptando).



La señora majara me dice (con sonrisita de cabrona redomada):
-         - Hija, estás oxidailla, ¿no?  o haces más deporte o no vas a durar mucho.
Al llegar a casa, me tomo un ibuproferno y acto seguido decido que ha llegado el momento de morime y me echo a morir.