lunes, 21 de enero de 2019

Quince señales de que has dejado de ser tú, para ser tu madre.


Eres una mujer joven, atractiva, sales de fiesta, vas vestida según tendencias,  estás al día en redes sociales, y te consideras a ti misma el sumun del guaycismo,  del coolismo y de la modernidad.





Pero, de repente, un día,  te das cuenta de que te has convertido en tu madre, que no es que esté mal, es que juraste en arameo antiguo, que ni muerta harías o dirías esas cosas.









Pues querida amiguita, o estás  muerta (o casi) o tu madre ha tomado posesión de tus interiores y de tu voluntad si:


La moda de los tobillitos al aire, te parece absurda. 
Si por ti fuera le ponías a los niños unos calcetines gorditos, que” por los pies se coge mucho frío y un resfriado mal curao es lo peor”. 
Esto es extensible a la zona lumbar y/o riñonal: ver a una niña con la parte baja de la espalda destapada y querer acercarte a remeterle la camiseta interior (camiseta interior, otra reminiscencia maternal que ni existe ya), todo es uno.








No puedes evitar pensar que las rastas, el  pelo largo en caso de los chicos, o pelo en la cara sin una triste horquillita,  son sinónimos de malas compañías,  de pelo sin lavar y de gente que hace cosas raras. Lo grave es que en el insti te molaba un chico de pelo largo (ahora eso es incofesable).


Obligas a tu hijo y a ti misma,  a tomarte un zumo en menos de 30 segundos,  no sea que se evaporen las vitaminas (y te partías la caja cuando lo decía tu madre).









Vives convencida de que un puchero bien espesito, con su tocino,  su carne y sus garbanzos, cura mejor y más  rápido un catarro que un frenadol. 
Esto está comprobao,  una taza de puchero ha salvado de  más comas  etílicos en la feria, que todo el Samur y la Cruz Roja juntos.


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Por otra parte, ya no crees que la gripe esté causada por un virus y/o a una bacteria, una gripe es el resultado de haber dormido con el culo (o cualquier otra parte de la anatomía humana) al aire, y te parece normal, hacer una rondita nocturna por la casa,  remetiendo edredones y sellando a los niños en las camas para que no se  enfrien.




Abres la ventanas,  (todas) en cuanto te levantas. 
La casa se tiene que ventilar, aunque para eso se te salten las lágrimas del frío y eches humito por la boca al hablar mientras limpias,  y no, en esta modalidad de  pasar frío,  no está contemplada la opción de  pillar un catarro, porque ventilas precisamente para que las bacterias salgan por la ventana (y esto está cientítificamente demostrado).


Te obsesiona un poquito la limpieza, tu remedio infalible para todo es el amoniaco.


Ser capaz de sacar una mancha de vino de un mantel, es para ti la gran hazaña del siglo y se la cuentas a tus amigas, y lo cuentas en un foro de limpieza al más puro estilo heroína medieval, "pude con el  dragón".





Empieza a no parecerte tan aberrante la idea de ponerle una sábana al sofá,  cuando tu hijo pone las deportivas encima,  si ningún tipo de consideración, o se come una vaca chorreante, sin moverse del sitio.








Hace dos días eras incapaz de encontrar algo, ahora amenazas  a tu vástago con frases del tipo:

como vaya yo y lo encuentre, verás” y sorprendentemente lo encuentras (tienes superpoderes).



Con el primer calcetín o vaso que recoges ya vas murmurando frases del tipo “si no fuera por mí, te comía la mierda”.







No vas a una fiesta a menos que sea de día o tengas claro que te vas a poder sentar, y para defender tu paupérrimo argumento antes tus amigos dices:” anda ¿y a mí que se me ha perdido allí?.



Según te sientas sueltas un laaaaaaaaaaaargo suspiro y murmuras “es la primera vez que me siento en tooodo el día”, porque las horas de oficina, no entran en el cómputo de horas sentada, eso lo sabe todo el mundo.






Ante la evidente  carencia de argumentos que tienes casi siempre, terminas con un “lo digo yo, y punto” y eso zanja cualquier tipo de intento de discusión.


Crees que al niño le puede dar un aire,  no sabes ni lo que es, pero lo dices, por si acaso. 
Hace un par de días mi sobrina estaba poniendo caras raras y de repente le digo “niña no pongas esas caras, no te vaya a dar un aire, y te quedes como la Heidi,  a la prima de tu abuelo le dio, y se quedó feísima”. 
Al abuelo y al padre de la niña casi les da un síncope de la risa. 


Si además de todo, expresiones como:

Ponte bufanda
Llévate el jersey (en verano),  por si  refresca
¿Cómo me vienes a cuerpo gentil?
¿Eso es lo que has comido?, ¿te pelo una manzana?, has comido poco, ¿te hago un tortillita?
¡Virgen del Amor hermoso, como lleva esa niña la falda tan corta!
Por favor, ¿a este niño no lo ha visto la madre salir de casa con esas pintas?

forman parte de tus diálogos internos y externos (porque no te aguantas más y lo sueltas).
¡Enhorabuena!, es oficial, ya eres tu madre


 

miércoles, 16 de enero de 2019

La cultura de la incultura.

                               “Hay gente pa tó”
Rafael El gallo


Inculturas generales básicas. Volumen I




Esta es la primera parte de un listado de tonterías varias,  que,  a este paso, será infinito (y es que somos idiotas con avaricia).

La cultura del aparenting: ese querer enseñar al mundo el supuesto poderío económico (leáse capacidad de endeudamiento) que uno disfruta,  o padece,  según se mire.  Ese “tanto tienes (o finges tener), tanto vales”, nos lleva  la ruina económica y moral, siempre hay alguien que tiene más.



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La cultura de la estética: o la incultura de los añadidos de pestañas, de uñas, de pelo, o  implantes varios.
¡Lástima que no los haya de alma o de materia gris!.
Esto termina siempre en infelicidad y en frustración, siempre habrá alguien más joven y guapa.




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La cultura del loser-winner: confundir éxito con dinero y viceversa, claro. Esto es rivalidad, revanchismo, frustración y envidia, nunca  felicidad.







La cultura del estar: en la fiesta, en el entierro, en el bautizo, en la boda,  en todas partes. Si no estás no eres, si no eres, eres lejanía, vil vacío, que decía  Guillén.
Esto es un estrés insoportable, no hay quien lo aguante.



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La cultura del postureo: del like, de los followers, del trending topic, de la fotografía al desayuno, antes de meterle mano, de creerte que estás en una especie de pedestal virtual de mierda, que te hace levantarte media hora antes, para peinarte y pintarte, antes de comerte la tostada,  que ya está tiesa de perder tiempo poniendole filtros.





La cultura de la autoayuda: eso nos está avocando irremediablemente al desastre emocional que supone el  ombliguismo,  la reducción de miras del narcisismo,  la triste imposición del yoísmo y la proliferación ilimitada de ofendiditos.








La cultura del ofendidito:  todo nos viene mal, todo es un ataque, todo es una ofensa potencial.
Nuestra alta estima (tanto Jorge Bucay, tantísimo Paullo Coelho...) y nuestra supina  ignoracia, nos hace intolerantes y la intolerancia supera al sentido del humor. La cantidad de tontos ilustrados que se ofenden con un chiste, que hay por las redes y por todas partes, es inconmensurable.


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La cultura del yoísmo: yo estoy, yo soy,  yo siento , yo tengo un coche mejor,  yo opino, yo no puedo, yo sólo pienso en  mímismo,  yo soy tonto, idiota, y encima ni me entero.





La profunda, vergonzosa, desoladora, absoluta y ridícula incultura general de la sociedad. No tenemos ni pajolera idea de nada, pero opinamos de todo, un dequesehablaqueyomeopongo sin argumentos,  ni medida,  sin  aportaciones válidas y sin una finalidad útil: una verdadera pena.







Somos cada vez menos empáticos, cada vez más individualistas, no estamos dispuestos a dar nada por nadie, pero buscamos en las apps de citas (no tememos tiempo de hacerlo a la antigua usanza) a  alguien que lo de todo por nosotros.
Queremos estar en todas partes, pero no tenemos tiempo.
Queremos comer saludable y lucir bien, pero también queremos ir de fiesta.
Queremos opinar de todo, pero con tanta imposición social, no tenemos tiempo de leer, ni de cultivar un poquito el intelecto.
Nos matamos en un trabajo de diez o doce horas, para luego tener que ir a una master class de meditación  o de yoga en el mejor de los casos,  o a un cardiólogo en el peor.
Compramos cosas que ni podemos pagar, ni desde luego, disfrutar.
Definitivamente somos la generación más penosa de la historia.



miércoles, 2 de enero de 2019

El año nuevo


Con el paso de los años, se aprende a no pedir nada y a no hacer propósitos de año nuevo, porque la vida es imprevisible, porque nada de lo que se planea sale bien y lo que no se planea, simplemente ocurre.




Al 2018 le agradezco:
Las risas de que me han acompañado en 2018, pido más de esto para el 2019.
Las lágrimas que me han enseñado el camino.
Los miedos que me abrieron la mente.
La ilusión que me permitió seguir.
Las  tardes de confidencias junto al mar.
Los  momentos de reflexión.
Los  ratitos paseando por el campo (a pesar de la lesión de rodilla).
La suerte de mi vida: mi hijo, mi familia, mis amigos, mil veces gracias.
Las  noches de darlo todo en la pista de baile, los karaokes (aunque esté en busca y captura por cantar de pena).
Las  lecturas (muchas y muy buenas).
Las  aventuras.
Las desventuras (he aprendido un par de cosas)
Las  personas que aparecieron y se fueron
La  persona mágica que apareció y se quedó.
Al colgao este  que me haya hecho reír tanto, agradezco la magia de su melena


La vida que sube y baja, tan bonita que a veces se despista.




Yo no tengo nada de Alejandro Sanz.
Haber reaprendido a cocinar.
Que Ramón García haya colgao la capa, ya sólo falta que la ponga la Pedroche.

Al año nuevo pido, más de lo mismo, de lo malo para apreciar lo bueno y de lo bueno para reconocer lo malo.

¡Feliz año!